A ella, que cuando me siento triste,
no sé cómo pero lo adivina, me llama, me timbra, me manda mensajes de ánimo, me
ilusiona, me fastidia, me conmueve, me enaltece, me llama la atención, me
aconseja, me alaba, me admira, me congratula, me abraza, me regala mucho
afecto, mucho cariño, mucho amor.
A ella, que cuando me siento
solo, me consuela, me alegra, me divierte, juega conmigo, me invita a pasear, a
conversar, a escuchar música, a caminar, a distraerme, a juntarme con mis
amigos para jugarnos una pichanga, a danzar, a ensayar música y aburrirlo con
la misma, pero continúa escuchándolo porque quiere que me sienta bien.
A ella, que cuando estoy enfermo
busca la mejor forma de curarme, me frota el cuello, la espalda y el pechito, me
coge de la mano y me lleva hacia el puesto de salud más cercano, me hace hervir
alguna hierbita y me invita a tomarlo calientito, quemándome y sin azúcar, me
prepara un buen desayuno, un gran almuerzo y de cena otro calientito, y me sana
muy rápidamente.
A ella, quiero dedicarle este
momento para decirle y manifestarle lo mucho que la amo, la adoro y quiero en
todo momento estar con ella, porque la extraño y la extraño tanto, desde que
nos separamos y ella se encuentra lejos y yo aquí, y desde entonces, nuestra
comunicación es esporádica, pero cuando lo hacemos, resurge la emoción de
nuestros sentimientos y volvemos a decirnos lo mucho que nos amamos.
Pero a ella también quiero
reclamarle las veces que me dijo que su
vida hubiera sido mucho mejor si yo no hubiera nacido. Que en algún momento
fui una decepción para su vida. Que sin querer queriendo le hice una travesura
y fue la excusa perfecta para que me recrimine y me arroje todo el estupor de
la amargura, diciéndome que conmigo se pagaría todo lo que a ella le hacen.
Pero aun así, cuando amenacé con
irme lejos, para no volver jamás y no amargarle la vida nunca más, me rogó e
imploró y me dijo que me quedara. Lloró mucho, aun puedo ver sus ojos llenos de
tristeza y lágrimas, y los míos llenos de culpa, miedo y vergüenza. Y, decidí
quedarme.
A ella que sufrió mucho por mi
culpa. A ella que tantas veces la dediqué un poema inspirado en el momento. A ella
que en cada actividad externa la tenía que hacer trabajar sin querer, porque su
amor era y es tan grande que todo lo que le pedía lo cumplía. A ella quiero
dedicarle este mensaje.
También quiero dedicarle estas palabras
a ella que cuando me porté mal cogía el primer material duro que encontraba y
lo aterrizaba sobre mi espalda, por 'mi atrás' o por donde caiga. Pero aun así la
respeté siempre, la quise siempre, la adoré siempre y la amé siempre; tanto y
mucho más como ahora la sigo y la seguiré amando.
Quiero, utilizar este espacio para que
este segundo domingo de mayo celebre a lo grande, como todos los días la
hacemos sentir feliz ahora que hemos crecido, agradeciéndole por su esfuerzo,
por su paciencia, por su amor, por su sabiduría y por ser la luz que ilumina
nuestro camino.

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