La sorpresa más grande que me llevé luego de
ese episodio fue colosal e insuperable. Días antes hablamos y lo que
compartimos fue algo más que un simple coloquio. Fue recordar lo vivido, lo
compartido, lo disfrutado. Renombrar el pasado y saber que aún hay mucho por
hacer, valorar, recuperar y tal vez volver a vivir o morir. Fue insólito.
Extraño. Fue inesperado y sorpresivo. Después de mucho tiempo la plática se
tornó emotiva, sincera e inquietante. Aún recuerdo la noche aquella en la que
no pude conciliar el sueño, porque pensando en ti toda la noche me quedé. Y,
pensando más aún, porque la despedida tras la conversación no fue la esperada,
más bien, ganó la incertidumbre, el desliz, la interrupción brusca sin ningún hasta
luego. Motivos distintos y tan distantes como lo estamos hasta ahora. Dicen que
la esperanza es lo último que se pierde. Sin embargo, tras tu confesión, por mi
parte, ya la estoy perdiendo.
Jamás imaginé contar un día más sin ti y
continuar deprimido como hasta ahora. Jamás comprenderé los motivos de esta
triste historia porque ceñido a las mentiras estoy. Jamás comprenderé lo
incierto de este mecanismo absurdo que me encierra dentro del círculo vicioso
aferrado a la perplejidad y a la vacilación. Hasta ahora, no me has dicho el
porqué de esta terminación inesperada. Dicen que muchos dicen. Aún no sé lo que
significa eso y tampoco lo he escuchado ni lo comprendo. Lo que dicen que
muchos dicen, pienso que es el decir de ésos cuántos que buscan burlarse de
todo lo luchado, de todo lo logrado, de todo lo que está a punto de perderse
para siempre. Disfrutarán con la locura, tal vez, es de imaginar también que
eso concluirá en una gran satisfacción tan escudriñada por los demás, menos por
nosotros.
A veces suelo refugiarme en el laberinto
solitario de este mi cuarto sucio y desarreglado. A veces, como hoy, me pongo a
escribir gansadas dentro de esta tribuna tan libre y espaciada que nunca se
quejará de la irracionalidad ni la desconsideración. Es en esos momentos cuando
siento, pienso y digo: ¿Es ésta la vida que me ha tocado? ¿Ésta es la prueba
que debo superar para comenzar a vivir? ¿Es éste el momento en la que debo
arrojar al vacío todas las pesadumbres y dedicarme en exclusiva a las
situaciones inéditas con enfrentamiento profundo hacia el éxito, como lo llaman
muchos? ¿Es éste el momento en la que debo dejar atrás todos los
remordimientos, coger la mochila de emergencia, achacar de sencillo a los
bolsillos, engreír el placer de la ignorancia y ponerme en marcha con destino a
tus asientos? Todo esto es lo que no comprendo. Todo esto es lo que me
apasiona, me agobia y me inyecta harto desánimo día a día. Todo esto es lo que
me desborda el alma y me quita el placer de lo vivido. Y, ahora con tu
confesión sincera, ya ni las sábanas permiten que la quimera sea de las más
relajantes y placenteras. Todo es bullicio, todo es interrogante, todo es
angustia, todo es tristeza.
A decir de los dichos y pensamientos. Ésos
que publicas periódicamente en la red social del Facebook. A decir de todos esos cuadros creados especialmente para
todos, siempre debemos optar por lo positivo, la voluntad, la fuerza de valor,
el coraje y la confianza en Dios. En ese Dios que todo lo sabe, todo lo puede,
todo lo conoce y lo confirma. En ese Dios que está siempre con nosotros.
Me pongo una mano sobre el corazón, cierro
los ojos y me concentro. Adentro todo es oscuro. Al principio es como el aire
en la noche, tinieblas transparentes, pero pronto se transforma en plomo
impenetrable. Procuro calmarme y aceptar aquella negrura que me ocupa por
entero, mientras me asaltan imágenes tuyas.
Por aquí ha vuelto a llover durante varios
días. Envuelto en una capucha y sin sombrero ni fieltro en las orejas, camino
en medio de la pista para sentir las gotas, sentir el frío e imaginar tu calor,
para sentirte a ti; robando las frases de Isabel Allende, para completar parte
de mi inspiración.
Tal vez toda esa concentración me lleva luego
a soñarte. Anoche te soñé y estabas tan hermosa. De verdad que te ves muy pero
muy hermosa. Como siempre lo fuiste, como lo eres y lo serás siempre. Y te
sueño: y me dices, no dejes tus cosas tiradas, me llamas la atención porque tú
no lo puedes recoger, porque debo aprender a ser más responsable. Salto del
catre, tanteo buscando el interruptor y enciendo una pálida luz que ilumina
apenas todo el desorden y tu amargura. La única claridad proviene de tus ojos,
de ésos que brillan cuando alguna ocurrencia tonta te alegra y te pone de buen
humor. Pero también entra en escena mi madre, quien con las cejas bien
dibujadas enmarcan sus ojos cerrados, su nariz recta, sus pómulos altos y su
piel muy pálida.
Y pregunta:
-
¿Eres tú? –y saca una mano pequeña y fría buscando la mía.
-
¿Te duele mucho, hijo?
-
Me va a explotar la cabeza.
-
Voy a buscarte un vaso de leche caliente y a decirles a tus hermanos
que no metan ruido.
-
No te vayas, quédate conmigo, ponme la mano en la frente, eso me
ayuda.
Me siento sobre la cama y hago todo lo que me
pides, temblando de compasión, sin saber cómo librarme de este dolor maldito.
Y, empiezo a rezar.
Vuelvo los ojos hacia ti y estás tan hermosa,
brillante, radiante, feliz. Y yo me siento feliz a tu lado. Sin embargo, la
rendija de la puerta deja ingresar ese frío insolente que te clava hasta los
huesos y me despierta. Son aún las tres de la mañana y la preocupación se
ahonda en mi aposento. Ya no podré dormir más.
No sé qué decidir. No sé qué hacer. No sé qué
camino recorrer. Pienso y reflexiono sobre el posible viaje que debo hacer. Tal
vez como un último intento, como brindarme una última oportunidad de saber lo
que me tocará en esta vida, como el último esfuerzo de conocer si en realidad
mi vida está a tu lado o si tú estarás conmigo o tal vez no. Tal vez lo haga,
aún no lo sé; pero mientras lo pienso, todavía estoy preocupado, si se da el
caso, si aún me podrás recibir a tu lado. Y, es que en realidad te extraño
muchísimo y te echo mucho de menos.

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