¿Desde cuándo la noticia del nacimiento de un nuevo ser empezó a ser un problema? ¿Desde cuándo los padres empezaron a botar a sus hijos de la casa cuando le anunciaban la noticia de que un nuevo miembro de la familia estaba a punto de llegar? ¿Desde cuándo las parejas empezaron a desenamorarse y a dejar de gozar de las alegrías carnales al hablar del archiconocido ‘no me viene, y ahora qué hacemos’? ¿Desde cuándo la mujer se puso a pensar tanto y a derramar muchas lágrimas cuando un angelito comenzaba a patearle su pancita dentro de su vientre? ¿Desde cuándo nacieron, en lugar de los niños, las clínicas clandestinas y los curanderos estafadores? ¿Desde cuándo aquella dolorosa “carta de un bebé a su mamá” –que estoy seguro todos la han escuchado– no les conmueve a nadie?Hablaba tanto que nos emocionó también a nosotros, que aún no gozamos siquiera de la emoción de la noticia del ‘no me viene’. Nos alegramos. Reíamos y disfrutábamos juntos. Bromeábamos a más no poder. Sin imaginar lo terrible que, en días cortos, iba a ocurrir.
¿No se supone que ese angelito, el más bello del mundo, es la alegría del hogar? ¿Por qué genera tanta preocupación en las parejas –disparejas–, al punto de pensar en su apartamiento? ¿No se supone que un nuevo miembro de la familia nos mantendrá el apellido a salvo? ¿No se supone que ésa es la ley de la vida?
Si no es así. ¿Por qué nuestros profesores, en el colegio, se esfuerzan explicándonos que los seres humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren? ¿Somos nosotros autónomos para decidir qué hacer con la vida de un nuevo ser? ¿Hasta ahora no hay castigo para quien infringe la ley de la vida y por eso lo hacen?
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Hace unos días un amigo me comentó que a su enamorada ‘no le venía’. Entonces se emocionó y se llenó de alegría porque por vez primera iba a saborear la dulce sensación de cargar un ser propio, de su sangre, de sus entrañas, de su gran deseo, entre sus brazos. Día a día comentaba con los amigos, ‘los patas’, ‘los causas’, los chocheras’, los brothers’. Emocionado, empezó a buscar nombres, desde los más feos, horribles, espantosos hasta los más lindos, chistosos, colonizados y alienados. Nos vacilamos juntos, permanentemente, en cada reunión. Pintábamos fotografías imaginarias con el angelito como protagonista y ambos, él y su pareja, sonriendo con gran felicidad. Comenzó a ahorrar, a pensar en pañales, en juguetes, en juegos virtuales, en libros infantiles, en la forma más suave, contenta y emocionante en las que brindaría la noticia a sus familiares. Inclusive, entre broma y broma, iba soltando algunos adelantos. Te imaginas también, verdad, amigo lector.
Comenzamos a fastidiarle con la idea de que no sólo piense en un futbolista, sino también en una voleibolista. Es una posibilidad clara y contundente. Bajaba la cabeza, porque se ponía a pensar en todos los –supuestos– problemas que ello iba a ocasionar. Celos ante sus flamantes enamorados, golondrinos permanentes merodeando la casa, jóvenes irrespetuosos que ni siquiera le saludarían, vagabundos enmarcados en sólo obtener la conquista ajena. Más aún, la inesperada visita a escondidas y que le acompañe por toda la noche sin que él se diera cuenta. Cosas así y aún más fuertes, ridículas, verdaderas, falsas, de todo, como ustedes comprenderán. Empero, al margen de todo, no lográbamos quitarle la sonrisa, de oreja a oreja, que se manejaba. “Soy feliz con el o la que venga, es mío y solo mío y la querré como a nadie en el mundo”, expresaba categóricamente, pero en el rostro no podía ocultar cierta tristeza, no comprendíamos por qué.
Visitamos su cuarto y nos dimos cuenta que no bromeaba. Preparó algunas diapositivas con sus fotos archivadas de bebé que tenía por allí guardados. Compró discos musicales de Bethoveen y Mozart. Elaboró unas tarjetitas a colores para que le enseñe a pintar y a reconocer a los animales mientras crecía. Preparó videos en Movie Maker, donde se le apreciaba a la pareja, bien enamorados, y llenando el universo de alegría inmensa. Paseos dorados, muestras de cariño excesivamente románticos, salidas diurnas y nocturnas muy bien planeadas para pasarla de la re. Elaboró, además, dos listas enormes de nombres, fuera de las bromas, que podían anteceder a sus apellidos. Eso y más hizo. ¿Lo pueden creer?
Pensaba así también en el futbolista. En las pelotas que le iba a comprar de acuerdo a cómo iba creciendo. O, tal vez en el automovilista, y en los carros que tenía que adquirir. Pensaba en las situaciones hermosas que pasaría cuando los domingos le lleve a su niño (y a ella) al estadio a disfrutar del gran clásico Primavera vs Raymondi. O, a observar el mundialito donde toda la mancha sihuasina se concentra a vitorear a sus equipos de jóvenes y no tan jóvenes. Pensó en cómo viajaría en los buses, cuando a media noche se despierte con sus llantos incomprensibles, que sólo su madre conoce la razón, y también los pasajeros renieguen porque no les deja descansar; pensaba en cómo les pedirá disculpas y cómo solucionaría los impases. Imaginaba en cómo estaría disculpándose siempre de sus amigos, familiares y conocidos, cuando cariñen a su niño y le hagan saltar de alegría entre sus brazos, y de pronto se le salga el archiconocido chanchito, y, sin querer, resulte ensuciando todo la gran telada del día. Pero, pensaba también en no se qué, cuando fortuitamente, toda esa alegría se llenaba de tristeza.
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Hay personas que nos hablan y ni las escuchamos; hay personas que nos hieren y no dejan ni cicatriz; pero hay personas que simplemente aparecen en nuestra vida y nos marcan para siempre.
Cuando nos comentó que su anhelado sueño se truncó. Así. Sin más ni más. Sin explicación alguna. De forma inesperada. De la noche a la mañana. Cuando nos dijo que aquel niño (a), el de sus sueños, no llegaría al mundo, porque fue arrojado a la fuerza de su cuna de vida. Le creímos, nos cayó de sorpresa, y lloramos juntos. Aunque suene increíble. Lloramos, porque lo considerábamos nuestro, porque somos patas, causas, brothers, chocheras. Lloramos porque se nos fue el que iba a ser un amigo nuestro, quien nos inspiraría, nos llenaría de ánimos, nos alegraría los días tristes, nos endulzaría el ánimo amargo, se nos fue el nuevo integrante de la mancha. Y lloramos desconsoladamente.
Dicen que de tanto ser sensible, muchas veces triunfa la insensibilidad. La chica era (es) buena, estudiosa, trabajadora, sacrificada, dueña de sus decisiones (con influencia), soñadora, preocupada, abnegada, con muchas ganas de crecer, sobresalir y triunfar en la vida. Vaya dicho que dicen que se debe decir para lograr que sea cierto.
No nos cabe la idea de cómo ella pudo haberlo hecho. No comprendíamos el por qué de tan silenciosa y terrible decisión ni en qué momento lo tomó. Él ya nos adelantaba que parecía que la chica no estaba tan decidida a tenerlo, porque según conversaban, tenía problemas en su casa, dentro de su familia, en su entorno amical. “Qué van a decir mis hermanos. Mi papá me botará de la casa, como lo hizo con mis hermanas y hermanos. Qué ejemplo soy para mis hermanitos. Qué dirán mis compañeros de estudio. No quiero estar así. No me imagino estar así, no en estas circunstancias de muchos problemas en mi vida. No quiero estar así. No quiero tenerloooooooo”, decía. Y ya le había comentado a mi pata. Eh, ahí su tristeza.
Cuando tuvimos la posibilidad de conversar con ella y manifestarle nuestra desazón. Nos dijo que si pudiera retroceder el tiempo, no lo haría. Eso dicen todas, a pesar que en algún momento cuando dejó entrever sus intenciones, le hablamos de tal manera, que pareció que le habíamos convencido de que luego se arrepentiría enormemente de lo que piensa hacer. ¿Cómo saber si es cierto lo que dice? Ahora está feliz. Mal por los estragos de la medicina mal utilizada. Pero feliz. Viaja a más no poder. Se divierte. Se va a los bailes, a las fiestas, a los cumpleaños, a todo tipo de celebración juerguera. Pasea por todos lados –dice con sus amigos–. Permanece fuera de su casa el mayor tiempo posible. Sólo llega a comer y a dormir. Y creo que es exagerado decirlo, porque a veces, ni siquiera llega.
Mientras, al otro lado, como ya lo habrán predicho, él está devastado. Sus esperanzas se han ido diluyendo poco a poco. Continúa en su vida de trabajador dedicado, joven apuesto, tratable, amable y muy amigable. Sin embargo, a lo lejos se le nota que no está contento con la vida misma. Lleva un resentimiento profundo que no sabemos cuándo se le va quitar. Le invitamos a las pichangas de fulbito y vemos cómo juega. De pronto, observamos silenciosamente cómo acaricia la pelota tan resignado y propio en su dolor. Manifiesta cierto desánimo cuando le hablamos de actividades que tengan que ver con mujeres o con niños o con bebés próximos a nacer. Todo esto le ha cambiado la vida. No sabemos si para bien o para mal. Sólo sabemos que hoy el pata de mi pata ya no es el mismo.
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Dicen que los niños nacen con el pan bajo el brazo, con una esperanza, con nuevas tendencias al triunfo. Sin embargo, no todos lo comprenden así. Por ello, continuamos en la interrogante a la cual esperamos respuestas urgentes.
¿Desde cuándo el nacimiento de un niño comenzó a ser un problema para muchos?

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