30.1.10

INALCANZABLE


La peor noticia que en mi vida odiaría escuchar. Mientras yo, vigoroso, saludable, recio y muy seguro de estar completamente bien de salud, me acerco confiado al hospital con la finalidad de donar una unidad de sangre para el tan desafortunado amigo que, por ligarse con la ex de un malandrín, recibió un balazo en la pierna, al punto de correr el riesgo de perderla, me digan que estoy inhabilitado. Y no precisamente por problemas de hemoglobina, resfrío o cualquier otro malestar temporal.

- Señor, ¿es primera vez? ¿se ha hecho exámenes de sangre anteriormente?
- Sí, es la primera vez que voy a donar y no me hice ningún examen.
- Pues, Ud. no puede realizar la transferencia.
- ¿Por qué?
- Está enfermo.
- Pero qué es lo que tengo, no he sentido ningún malestar desde hace varios meses.
- No lo sé, hágase revisar. Su sangre no puede ser transmitida.
- Pero dígame por qué.
- Está enfermo, no sé qué es lo que tiene.
- Por lo menos un diagnóstico a simple vista ¿qué me afecta?
- No lo sé señor, no puedo asegurar nada, pero al parecer, Ud. tiene SIDA.

Llegado mi turno de realizar la transfusión, fui testigo de tan desafortunada y fríamente calculada noticia. Me preguntaba qué reacción hubiese tomado de ser yo el protagonista. Aún no puedo asimilarlo. Pero imagino fueron esas revelaciones las que fortalecieron mi energía. Después de depositar un buen monto de mi líquido elemento, no sentí debilidad alguna. ¿O será que no se siente nada? Aunque, el tipo de mi costado, ante quien yo era un enclenque, un poco más y se desploma. Felizmente logramos detenerlo.

¿Qué será de ese señor ahora que baraja la posibilidad de sufrir inimaginables reacciones? Desearía que la enfermera se haya equivocado terriblemente.

***

Momentos de estremecimientos y angustias encontramos ambos durante el paseo que tuvimos a la capital de la provincia. Íbamos motivados a triunfar en el concurso de marinera. De trámite quedará para el recuerdo, el paquete de útiles escolares, el diploma y el par de zapatillas que recibimos por ocupar el segundo puesto. Luego las zapatillas las regalaría a mi hermanita, pues era de mujer y talla treinta y dos.

Pero los estremecimientos sucedieron una noche antes de la competencia. Junto a mi amigo, que participaba en una categoría mayor, decidimos explorar por vez primera el ambiente de una discoteca. Animados por unos amigos, escapamos por la ventana trasera del cuarto que cuidadosamente espiaba el profesor.

Era la primera vez que intentaba probar una cerveza. Horrible. Amarga. Me negué a beberla pese a la insistencia, apuestas de por medio, de mis sendos acompañantes. Sabe a orines. Cómo pueden tomar eso en lugar de un cafecito recontra calientito que nos alivie de esta tembladera. Nada más un poquito y verás que te va a gustar. En definitiva, no. Prefiero la negra, que parece más apetecible. Muy bien, se ve que la conoces. Una negra, dulce como el café, no acepta rechazos. A vaso lleno. Está bien. No hay primera sin segunda y vamos con la tercera.

Fueron tres bebidas, completamente saturadas. De pronto, la preocupación por regresar al cuarto tomaba mayor intranquilidad entre los dos marineritos únicos que ocupábamos las últimas filas de ese ensordecedor ambiente cerrado y abarrotado de gente adolescente. Bailamos nada más un poco con las amigas de nuestros amigos. No contaré lo que sucedió después que las tres copas marcaron su efecto. Solo diré que mi timidez no se confunde, sigue siendo la misma a pesar de los cambios que mi organismo experimente.

Cuatro de la mañana marcaba el reloj cuando apagamos la luz y nos tiramos a dormir. Seis de la mañana nuestros profesores nos despertaron. A las nueve era el concurso y no supimos ocultar la resaca. Éramos muy jóvenes. No aprendimos todas las mañas del bohemio profesional, apenas estábamos en el inicio. Aún recuerdo la cara jamás vista del profesor de marinera, mientras nos regañaba por la mala noche. Pues él casi nunca para de sonreír. Pero tuvo la brillante idea de mandarnos al río, sin importar las consecuencias que podríamos contraer en nuestra salud. A la profesora y a nuestras bellas parejas de baile sí logramos engañarlas. Nuestro semblante era el mejor y las ganas de triunfar en el concurso mucho más.

Mis compañeros tuvieron una digna presentación. Mientras ella y yo bailamos como nunca, disfrutamos como nunca, sonreímos como nadie cuando el aplauso ensordecía la plaza de toros. El sombrero de paja que mi mano izquierda sostenía, bailaba solo. El pañuelo de la derecha disfrutaba mejor que nadie. Ella, como siempre, coqueta, sonriente, encantadora, bellísima, se ganó la simpatía del público. Hoy más que nadie, así la recuerdo, bellísima, encantadora, radiante, espectacular.

Adiós angustias y preocupaciones por las sanciones que seguramente, regresados al colegio, recibiríamos. El desasosiego era porque no podía decirle nada. Terminada la presentación debíamos regresar. En la combi no había lugar para hablarla. De lejos, soñaba con abrazarla, mantenerla entre mis brazos, sentir su calor, disfrutar su aroma, contemplar su hermosura, susurrarla al oído que la adoro. Fueron dos horas de intentos fallidos en lograr lo inalcanzable.

- Pero amigo, porqué no pudiste decirle nada.
- Simplemente no me atrevía, no sabía cómo hablarla.
- Pudiste al menos, estar cerca de ella.
- Muchas veces, pero solo hablábamos del concurso, de lo que pasó y de lo que nos esperaba en adelante.
- Y ahora, ¿qué es de ella?
- No lo sé. Sólo vive en mis recuerdos y la sueño constantemente.
- ¿No te has comunicado ni la has vuelto a encontrar?
- Es lo que más deseo.
- Pero ustedes ¿no eran…?
- Me voy… Hasta la próxima…


(En la combi, mientras mis deseos inalcanzables impedían pensar siquiera en mí por un momento, sonaba a todo volumen, Nunca te olvidaré)

3 comentarios:

marea cultural dijo...

habla provinciano insoportable (porsiacaso es el nombre de su blog)...

Elian Azaña Montañez dijo...

lindo mi primote te kiero muxo bexostes suerte en too

Roger Aguilar dijo...

jaja. jaja. así y de que era ah. por como lo presentas uy era la HISTORIA,