Se suponía que no estaba previsto. Seguro era que su pierna se salvaría después de ese tan agradable evento en el que se anunció su recuperación absoluta. En nuestras manos se encontró el aliento después de devolver las herramientas de amputación solicitadas, a su lugar de origen, porque no iba a darse tal amputación. Se supone que el destino es confiable, no se puede dar el lujo de cambiar su propuesta de la noche a la mañana. No. Ésa no es una ley de la vida. Ése es un cambio antojadizo de complicar la existencia sana y competitiva de un joven de tan solo veintiún años. Pero la incredulidad en este juego está por demás. De qué vale ahora pesarse de tantos días de angustia y desasosiego en búsqueda del remedio físico, económico y mental, si los resultados no necesariamente son los más confortadores.
- Ya no llores mamá. Por favor. Todo va estar bien.
- Pero hijo. Ahora sin tu pierna, qué va ser de ti. Qué vas a hacer. Cómo vas a trabajar.
- No te preocupes mamita. Mis piernas no son las que trabajan. Yo, trabajaré con el cerebro.
***
Sospeché en algún momento que la pasaría mal, pero no de la manera tan desafortunada y cruel como la que me tocó enfrentar. Resquebrajar y disipar mis temores se convirtieron en tareas altamente complicadas. No hubo forma. La depresión obsesionada de mi adolescencia incomprendida encendió sus argumentos. Y, yo, cándido y débil, tuve que ceder. Tras varios intentos fallidos de conformar una relación armoniosa, estable y feliz, tuve que aprender que el amor contiene un dolor intenso, agobiante, tormentoso, pero no insoportable como muchos dramatizados lo afirman. Empecé a dudar del karma tempestuoso que nos cubriría en nuestros apogeos, porque no somos los únicos en aparecer el mismo día que muchos. Somos, al contrario, la novata insensatez que va en busca de la serenidad comprometida con los sentimientos más profundos de un amor hechizado.
Ella me hechizó. Encendió en mí el fuego del amor desenfrenado. Dicen que en esta clase de sentimientos no es conveniente entregar todo, pero controlarlo se convierte en una muy, pero muy fuerte barrera. Nos mostrábamos tan dulce y eternamente enamorados aunque siempre lo hacíamos a escondidas, sus padres nunca quisieron que me acerque a ella. Testigos son la lluvia, los árboles, las piedras y los mejores amigos que guardan el secreto hasta la catacumba: su Conejito saltarín y mi Ardillita coqueta, los más fieles amigos.
Reprimendas y tejeduras insospechadas iniciaron su acechanza contra nosotros. Pero dicen también que el amor verdadero lo puede todo y nada ni nadie es capaz de abatirlo. Lo intentamos. En muchos momentos de la historia pensamos que el día ineludible había llegado pero supimos salir adelante. Fuertes, furiosos y muy fortalecidos.
Los pasajes de nuestro maravilloso idilio comenzaron a escribirse con la dulce pluma rosa que guardaban nuestros encantos. Pasamos instantes bellísimos, entre la naturaleza y la realidad humana, entre equivocaciones y algunos deslices que, de comentario, fueron necesarios. No encuentro aún la respuesta a tanta entrega. La absoluta sinceridad con la que nos comunicamos siempre fortalecía nuestra confianza. No se encontró jamás una pasión distinta a nuestros sueños e ilusiones. Eternamente enamorados. Eso se escribía en la tierna historia de aquella dulce pasión con la que escribo estos gloriosos recuerdos de entonces.
No supuse el clamor ajeno que sobrellevaría luego. Parece a picardía, pero a cada fin de año me mandaba por un tubo. Aunque luego de unas extensas vacaciones llenas de alivio y reflexión, con muchas súplicas de por medio, accedía a mis tímidas aspiraciones de crecer con la frente en alto, llevando entre nuestros brazos y corazones, el paraíso aventurero de un romance sin fronteras pero con muchos recursos propios. Digamos que fue un idilio a lo Víctor Hugo. Sin rencor ni resentimientos futuros. Solo una idea nueva y muy antigua. El amor es solo de dos.
No hay razones, ni tiempo ni espacio para esparcir y razonar nuestras emociones en este complejo mundo de incomprensiones y desengaños. No es posible guardar tantas bellas pasiones en un espacio tierno y sencillo como éste que me embarga en estos momentos de remembranzas solitarias. Pero aquí les dejo una parte más de mi historia sola, vaga, triste y confundida.
Gracias por lanzarme salvavidas.
(Quisiera poder entender y saber todo lo que ahora y siempre piensas. Ojalá existiera la forma, mientras me conformaré con sólo el querer poder tenerlo todo)
(Para ese buen amigo que supo asimilar los contrastes de la vida y la dura prueba que el destino le puso. Supo escuchar a su corazón y no a los pesimistas)

4 comentarios:
Buena prosa
una pena lo que le ha pasado a tu pata, amigo. nuestra solidaridad...
a ya, ahora es el destino.mmm...
Gracias, me gustaría invitarte a escribir en la revista, espero te animes
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