
ANDAR DE MANOS CRUZADAS
Cuando el corazón comienza a latir presurosamente, dando síntomas de angustia, perplejidad, inconsciencia y desánimo. Cuando los amigos, que se supone están al lado nuestro en los peores momentos, se esfuman, desaparecen, colaboran con la desesperación absoluta. Cuando se piensa que todo lo que corre alrededor nuestro es la negación imperfecta de lo irresoluto, abstracto e imperecedero. Cuando se sabe que lo imperfecto se puede volver normal con solo una simple punzada de la aguja que llevamos siempre bajo el brazo. Cuando el poder de las manos no funciona, y sí lo hace el del ser interno. Cuando se abandona la lucha y aún no se ha perdido, y se sobreexpone el cuerpo ante el maltrato ajeno de la ignorancia y el egoísmo. Cuando es necesario salir al sol, verle la cara al mundo y a la vida que nos toca y no se presenta la decisión inmediata sino se espera el primer gran golpe del rival. Eh, allí un problema grave. Muy grave. Que tiene solución.
Y es que somos vagabundos, con la creencia eterna de que somos inmortales. ¿Será que un día la sospechosa intransigencia de la realidad conmine con la devastadora historia fatal de aquella inmisericorde situación en la que todos vivamos infelices y desarmados totalmente? ¿O acaso la conciencia extraña de la ficción desfavorable ante la cual cada día nos pesamos de haber existido, actúe sin permiso y degrade lo que aún pudo ser cuestión de felicidad?
¿Cómo encender la llama del acelerador único, que tiene como misión apartarnos de la asfixia tremebunda, si a lo que nos abocamos es a estallar de cólera ante cada situación contraria de la que esperamos? ¿Cómo compartir los gratos momentos, con los que más queremos si dejaron de ser gratos hace más de mucho tiempo? ¿Cómo explicar la complejidad de estas palabras que escribo, si ni siquiera sé el significado de muchas de ellas, que plasmadas están en esta historia? ¿Para qué hablar de historia, si de historias no vive el hombre, tampoco de pan ni de vino, sólo cada uno sabe de qué?
Son momentos en los que nos toca reflexionar, analizar y dejar de lado el frenesí, escoger los escalones que nos toca ascender, verificarlos uno a uno, sin ilusiones ni emociones momentáneas. Existe un tercero que conoce y se preocupa por quien sigue sus pasos. Hay que saber escucharlo.
De filósofos e historias de autoayuda cansado estoy. Lo importante ahora es poner las cosas en el sitio. Avivar la vida. Darse prisa. Esta es la realidad. Y esta es la hora de acabar de llorar y alejarnos de los campos de soledad. Basta ya de gemidos y de sombras. No me importa la soledad de nadie. Tengo ganas de ir por el sol. Y al aire de este mundo abrir, de paz en paz, una esperanza.

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