ES QUE NO SOMOS DE PRIMERA CLASE
No somos de primera clase, por eso Alan García Pérez, el Presidente de la República, nos lo refriega en la cara y prefiere imponernos abruptamente sus decretos legislativos sin tener en cuenta, como todos, su demagógico ofrecimiento de practicar la democracia.
No somos de primera clase, por eso no tenemos derecho a ser escuchados por aquellos que sí creen serlo. Por aquellos que a diario, vestidos de terno y corbata, se dignan a calentar los asientos parlamentarios por horas, solo para pasarse hablando una que otra pachotada, y, lo que es peor, para mancillar la honra y el honor de aquella tan abnegada y desechada ocupación que es ser profesor o profesora. O, para basurear, cual trapo sucio e inservible, aquel sacrificado oficio del vendedor o vendedora de gas que gracias a su sudor alimenta a muchos olvidados por aquella gran clase alta. Mientras los que no somos de primera clase vivimos, tal vez, la hora más oscura y triste de nuestras vidas. Hasta ahora no sabemos cuántos son los muertos, cuántas viudas, cuántos huérfanos, cuántos niños que sufrirán el olvido.
No somos de primera clase, porque somos nativos, serranos, cholos salvajes, bestias, aguarunas, shipibos, canibos, asháninkas. No somos de primera clase porque no estamos acorde con la realidad, porque no somos el patito lindo que goza de los más caros vehículos extranjeros y se pasea libremente por las tugurizadas calles de Lima. Porque no tenemos acceso a un televisor y ni siquiera tenemos la oportunidad de conocer a quienes nos representan, mientras los Pizangos y nefastos políticos que se hacen llamar líderes, aprovechan su alto grado de preparación ideológica, para llamar al diálogo que nadie quiere escuchar ni saber en qué terminará.
No somos de primera clase, por eso no tenemos derecho a dar una cifra oficial de cuántos son los muertos del terrible enfrentamiento donde 25 valerosos policías perdieron la vida y no se sabe cuántos ‘salvajes’ nativos. Oficialmente son nueve. La voz de los que lo sufren clama por hacer creer que son muchos más, pero como no somos de primera clase, no tenemos derecho a contradecir a las ‘cifras oficiales’.
No somos de primera clase, porque ellos jamás se atreverán a ponerse nuestros zapatos y llevar la vida que llevamos. Nosotros solo estamos sometidos a cumplir las órdenes, por más riesgosas que sean. Porque de ello depende nuestra supervivencia, de ello depende el alimento de nuestros hijos. Porque con lo poco que nos pagan, como policías, apenas podemos sobrevivir, pero sí, con gran honor, debemos defender a nuestra patria y, lamentablemente, también la vida de aquellos que solo saldrán declarando en todos los diarios y medios de comunicación diciendo que lo sienten, cuando nosotros no estemos presentes para contarlo. Y nada más.
No somos de primera clase porque solo vivimos de nuestras tierras, de nuestras aguas, de nuestras plantas y de nuestros animales, mas no del tributo que nosotros mismos pagamos. Eso, es para la primera clase. Ellos siempre tendrán derecho a hacer y deshacer todo lo que les venga en gana, so pretexto de que están en el Perú, y todo lo que haya en él –nuestras tierras, aguas, animales y plantas– es del Perú y pueden quitárnoslo cuando decidan.
No somos de primera clase, porque con nuestro proceder pacífico y reclamante ahuyentamos a los inversionistas que, con todo el ánimo de dar trabajo a muchos, pueden ensuciar nuestros ríos, depredar nuestros bosques, contaminar nuestro ambiente. Y ante nuestros reclamos, siempre seremos los salvajes, los antiperuanos, los rebeldes, los terroristas, los insufribles, los que no tenemos derecho a apropiarnos de nada, porque todo es del Perú. Jaja. Y nosotros somos peruanos. Pero no de primera clase.
A los de primera clase.
El dolor no se mide con aritmética. Jugando con las cifras. ¿Qué pasará, si las ONG, la Defensoría del Pueblo o las admirables personas, que, pese al temible acoso de la policía, hacen hasta lo imposible por sacar a la luz la verdadera dimensión de los muertos nativos? ¿Qué pasará si en vez de nueve son noventa o novecientos o mil, dos mil y hasta cinco mil, como las mujeres nativas reclaman? ¿Qué pasará si se descubre que la versión de que los policías están llenando a los muertos en bolsas negras y arrojándolos al río Marañón, es cierta?
Los desaparecidos, hasta ahora, son muchos y los medios nacionales, a excepción de unos pocos, poquísimos, solo sacan titulares con las declaraciones de los de primera clase o las renuncias y las no renuncias de muchos caraduras que no les importa el dolor de las humildes familias de los policías y nativos que ni siquiera enemigos son, sino que tuvieron que pelear por otros: los Pizangos y los Alans. ¿Suena bien no?
¿Es que acaso el dolor no es el mismo? ¿O peor? ¿No es acaso sangre peruana la que se ha derramado?
Con esto, lo único que se ha hecho es ahuyentar a la inversión extranjera, dicen. ¿Y el dolor de aquellos, quienes, después de días, están recibiendo a sus hijos, nietos, sobrinos, tíos, abuelos, padres, completamente degollados, desfigurados y, hasta putrefactos, debe esperar hasta quién sabe cuándo, para ser sentido por los grandes?
Tal vez, hemos tenido el infortunio de nacer en un país donde solo se reconoce a los de primera clase, pero con la gracia de Dios, debemos decir que, lamentablemente o no, somos peruanos al fin y, como seres humanos, tenemos derecho a vivir. Tal vez, no hemos nacido en la Lima, en la Arequipa o en la Trujillo.
Tal vez, somos los apartados de las heladas de Puno, los aguarunas, los serranos apestosos que no tenemos derecho a llegar a la ciudad. Porque solo somos los sirvientes condenados a dar mucho trabajo, esfuerzo y sudor para el bolsillo de la primera clase sin derecho a recibir nada.
Pero somos peruanos y tenemos derecho a, siquiera, morir en paz y en unión con nuestros hermanos.
Señor Alan, señora Mercedes, señor Del Castillo, señor Humala, señor Pizango, señores de primera clase. Tal vez no somos quiénes, para decirles que son los peores ‘líderes’ de nuestra era, y reclamarles por ello. Tal vez, no tenemos derecho a compartirles nuestro dolor y obligarles a que ustedes también lo sientan, aunque sea un poquito. Tal vez nunca tendremos el honor de llegar hacia donde ustedes están porque primero tendremos que ocuparnos de nuestros muertos y luego seguir defendiendo lo nuestro.
Pero, sin ánimos de ofensas y si no es mucho atrevimiento, solo queremos rogarles, implorarles, llorarles, para que dejen de hablar idioteces y se pongan la mano en el corazón por ustedes, por sus hijos y busquen la paz entre peruanos. Porque tenemos la esperanza de que en el fondo sí tienen sensibilidad.
Por eso, les rogamos señores, que no sigan confrontando a los peruanos, porque, si no le recuerdan, ustedes también lo son. Que no sigan dando conjeturas, hipótesis y cifras falsas y, por una vez en sus vidas, acudan –in situ– y verifiquen la cantidad de peruanos que nos hemos enfrentado y muerto por culpa de ustedes, por su terquedad y por ir en contra de su orgullo de llamarse ‘gobernantes’.
Nosotros solo tratamos de hacerles entender que merecemos respeto. Que las tierras son nuestra única fuente de vida ya que no tenemos acceso a las grandes comodidades de la que ustedes gozan. No somos agresivos, solo nos defendemos. No somos rebeldes, solo tratamos de cuidar nuestras propiedades o, bueno, aquello del cual vivimos, porque si nos los quitan, moriremos.
Rogamos su comprensión y si no fuera mucho pedir, clamamos su compresión y anhelamos ser escuchados.
En fin, lo sabemos y no hace falta, señor García, que nos lo refriegue.
No somos de primera clase, porque sólo somos nativos, serranos, cholos, salvajes, rebeldes, peruanos. Pero también merecemos a tener nuestros derechos y ser respetados. Si no es mucho pedir.
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2 comentarios:
siempre seremos los olvidados, los que no tenemos derecho a opinar
Y DESPUES DICEN QUE LOS`POBRES NO DEJAMOS TRABAJAR... CLARO COMO TRAGAN DE NUESTRA PLATA
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