El idilio de mi madre
Cómo no recordar aquellos aciagos años en los que recorríamos cargados de harta timidez y ternura los viejos cerros reverdecidos con ichu, chinchancos y picullo, que ahora apenas lucen piedras blancas y retoños temerosos, que no se atreven a crecer como antaño lo hacían, por miedo a ser quemados horriblemente por los infaustos pastores que, de contaminación y cuidado del medio ambiente, poco tienen en la conciencia.
Cómo no recordar aquellos días en los que las punas de Puncuyoj, Mishito, Shumajpampa, Calamarca y Hatun Huasi eran visitados por los más de trescientos, cuatrocientos y hasta quinientos patagones, borregos, corderitos, cabras, o simplemente ovejas, que el abuelo Andrés consiguió y obligó a sus herederos a protegerlos como el mayor valor de sustento familiar. Andrea y Tomasita fueron siempre las fieles pastoras con esa difícil pero entretenida misión. Aunque habían días de reniego, otras de enfrentamientos violentos con los carnívoros malévolos que buscaban el sabor de los más tiernos corderitos pero que eran apaciguados por la furia del gran Tarzán, o el astuto Fido, o el obediente Hueso. Aunque las mañanas prometían un ardor clamoroso durante el día y las tardes eran azotadas por el fuerte golpe de los granizos y relámpagos. Aunque, como en todo el mundo y la vida, siempre existieron y existen días de tristezas y añoranzas y otras de fervor, calidez y alegría plena. La carismática Andrea y la tímida Tomasita jamás claudicaron, como diría mi abuelo, ante los golpes de la vida. Ésa fue la enseñanza y ése el amor que aprendieron a ofrecer sin condiciones. Y hoy. enseñan a sus descendientes.
Pero, como en todo lugar, habrá siempre una inspiración, una fuente secreta, un pasatiempo favorito que todos los días se muestra, que a muchos les gusta pero que pocos, muy pocos, lo toman en cuenta. Así, ya sea en el colegio, en la casa, en las caminatas o en el pastoreo diario, Tomasita siempre lo manifestó, siempre lo cantó, siempre disfrutó con cada una de las melodías. Aprendió que no sólo se canta con la boca, la cabeza y los labios, sino que ese pronunciamiento de cada sílaba musicalizada tiene que nacer del corazón, del alma, de lo más profundo del ser.
Sin embargo, Tomasita prefería guardarlo en secreto, a sabiendas de que el, tantas veces, renegón Poshpi, le haría recordar algunos momentos ridículos de su actuación en el día de las Fiestas Patrias de un año ochenta y tantos, cuando por nerviosismo, olvidó las últimas letras de la canción y tuvo que abandonar el escenario entre lágrimas escondidas, ante el aplauso fervoroso de un público que gustaba de la música sin arpa, guitarra ni violines, solo con el acompañamiento del viento y la naturaleza y, claro, entonada por la dulce voz de Tomasita. Nadie lo notó. Sólo Poshpi, el gran formador de los seis jóvenes que ahora nos matamos estudiando con la única finalidad de devolverles todo lo que hicieron por nosotros para crecer sanos, fuertes, inteligentes, obedientes, responsables y honrados.
Dónde lo aprendió, cómo lo hizo. Es que por los cerros no se camina solo ni sola. Existe alguien que encandila la soledad, el desánimo, y enciende los albores de la felicidad y el entusiasmo. Allá en las altas punas de Huayllabamba, Tomasita cantaba, entonaba, disfrutaba de la música, su música inspirada en otra gran voz. Tomasita cantaba las canciones de la que en vida fue la Princesa del Folcklore Nacional. Tomasita vivía feliz por los cerros junto a las canciones de “mi Alicia Delgado”, así la llamaba. La Prinecesa del Folcklore Huayllabambino la hubiesen llamado si seguía cantando. No lo hizo más. Solo cantó en la soledad de la naturaleza jalquina de la sierra. Su sierra querida. Nuestra sierra.
No puedo imaginar cómo estará el latido de su corazón ahora. Presiento sí la tristeza escondida que guarda y que a pocos cuenta, tal vez a nadie todavía lo ha contado. Decepcionada, A escondidas, Terco corazón, Nave sin rumbo. Tal vez sigue cantando en sus noches negras mientras está sola. Mientras mis hermanos duermen, sueñan y se forjan metas, las metas con las que lograremos la felicidad de ellos, de nuestros formadores, de nuestros queridos, amados y adorados padres.
Tomasita querida, desde acá, algo lejos, te digo que todo está bien. Por algo suceden las cosas, dicen muchos. Alicia Delgado ha muerto. Por algo será, quizá Dios quiso librarla de su infortunio. No somos dueños de la vida, pero sí de nuestro futuro y nosotros, tus hijos, estamos luchando para que sea mejor.
Cómo no recordar aquellos aciagos años en los que recorríamos cargados de harta timidez y ternura los viejos cerros reverdecidos con ichu, chinchancos y picullo, que ahora apenas lucen piedras blancas y retoños temerosos, que no se atreven a crecer como antaño lo hacían, por miedo a ser quemados horriblemente por los infaustos pastores que, de contaminación y cuidado del medio ambiente, poco tienen en la conciencia.
Cómo no recordar aquellos días en los que las punas de Puncuyoj, Mishito, Shumajpampa, Calamarca y Hatun Huasi eran visitados por los más de trescientos, cuatrocientos y hasta quinientos patagones, borregos, corderitos, cabras, o simplemente ovejas, que el abuelo Andrés consiguió y obligó a sus herederos a protegerlos como el mayor valor de sustento familiar. Andrea y Tomasita fueron siempre las fieles pastoras con esa difícil pero entretenida misión. Aunque habían días de reniego, otras de enfrentamientos violentos con los carnívoros malévolos que buscaban el sabor de los más tiernos corderitos pero que eran apaciguados por la furia del gran Tarzán, o el astuto Fido, o el obediente Hueso. Aunque las mañanas prometían un ardor clamoroso durante el día y las tardes eran azotadas por el fuerte golpe de los granizos y relámpagos. Aunque, como en todo el mundo y la vida, siempre existieron y existen días de tristezas y añoranzas y otras de fervor, calidez y alegría plena. La carismática Andrea y la tímida Tomasita jamás claudicaron, como diría mi abuelo, ante los golpes de la vida. Ésa fue la enseñanza y ése el amor que aprendieron a ofrecer sin condiciones. Y hoy. enseñan a sus descendientes.
Pero, como en todo lugar, habrá siempre una inspiración, una fuente secreta, un pasatiempo favorito que todos los días se muestra, que a muchos les gusta pero que pocos, muy pocos, lo toman en cuenta. Así, ya sea en el colegio, en la casa, en las caminatas o en el pastoreo diario, Tomasita siempre lo manifestó, siempre lo cantó, siempre disfrutó con cada una de las melodías. Aprendió que no sólo se canta con la boca, la cabeza y los labios, sino que ese pronunciamiento de cada sílaba musicalizada tiene que nacer del corazón, del alma, de lo más profundo del ser.
Sin embargo, Tomasita prefería guardarlo en secreto, a sabiendas de que el, tantas veces, renegón Poshpi, le haría recordar algunos momentos ridículos de su actuación en el día de las Fiestas Patrias de un año ochenta y tantos, cuando por nerviosismo, olvidó las últimas letras de la canción y tuvo que abandonar el escenario entre lágrimas escondidas, ante el aplauso fervoroso de un público que gustaba de la música sin arpa, guitarra ni violines, solo con el acompañamiento del viento y la naturaleza y, claro, entonada por la dulce voz de Tomasita. Nadie lo notó. Sólo Poshpi, el gran formador de los seis jóvenes que ahora nos matamos estudiando con la única finalidad de devolverles todo lo que hicieron por nosotros para crecer sanos, fuertes, inteligentes, obedientes, responsables y honrados.
Dónde lo aprendió, cómo lo hizo. Es que por los cerros no se camina solo ni sola. Existe alguien que encandila la soledad, el desánimo, y enciende los albores de la felicidad y el entusiasmo. Allá en las altas punas de Huayllabamba, Tomasita cantaba, entonaba, disfrutaba de la música, su música inspirada en otra gran voz. Tomasita cantaba las canciones de la que en vida fue la Princesa del Folcklore Nacional. Tomasita vivía feliz por los cerros junto a las canciones de “mi Alicia Delgado”, así la llamaba. La Prinecesa del Folcklore Huayllabambino la hubiesen llamado si seguía cantando. No lo hizo más. Solo cantó en la soledad de la naturaleza jalquina de la sierra. Su sierra querida. Nuestra sierra.
No puedo imaginar cómo estará el latido de su corazón ahora. Presiento sí la tristeza escondida que guarda y que a pocos cuenta, tal vez a nadie todavía lo ha contado. Decepcionada, A escondidas, Terco corazón, Nave sin rumbo. Tal vez sigue cantando en sus noches negras mientras está sola. Mientras mis hermanos duermen, sueñan y se forjan metas, las metas con las que lograremos la felicidad de ellos, de nuestros formadores, de nuestros queridos, amados y adorados padres.
Tomasita querida, desde acá, algo lejos, te digo que todo está bien. Por algo suceden las cosas, dicen muchos. Alicia Delgado ha muerto. Por algo será, quizá Dios quiso librarla de su infortunio. No somos dueños de la vida, pero sí de nuestro futuro y nosotros, tus hijos, estamos luchando para que sea mejor.

2 comentarios:
Por eso dicen que los cerros hablan?... Es que los pastores siempre lo adornarán con sus cantos...
es vdd... la muerte de la princesa del folclor fue doloroso
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