24.3.09

Cuando un amigo se va

El día que se iba a morir me había olvidado de él, no por completo, días antes recordé su nombre e indagué sin resultados. Desde el colegio, lo conocí sin verlo, su voz era inconfundible y su nombre daba la señal de un personaje respetable y ejemplo de profesionalismo por la forma en que llevaba la vida, con alegría.

Se convirtió en el paradigma que tenía que seguir, cuando todos los días, desde minutos antes de las cinco de la mañana lo escuchaba narrar sus despachos directo en directo, mientras caminaba sorteando las piedras y espinas de aquel viejo camino que mi abuelito Andrés me enseñó a seguir. “Hay que ser hombres de bien, hijo, aunque los buenos siempre mueren más rápido”, me decía mi abuelo, con un gran cariño. Nunca le entendí. Él es un gran hombre y acaso tiene planeado sobrepasar el siglo de su existencia.

Pero ahí estaba, acompañándome como siempre. Tenía que amarrar a los animales en sitios donde el pasto alcance para todo el día. Las dificultades de pueblo son tan difíciles como las de ciudad. Sabía que él no la pasaba bien porque hablaba agitado, cansado y casi sin respirar bien. Contaba de un incendio, un accidente de tránsito, una balacera, la precipitación de un avión, etc. A mí, Ramona, mi vaca lechera, me arrastraba contra las piedras pero lograba domarla y salir airoso. Así también salía él, extenuado, pero airoso y satisfecho después de cada despacho. Directo en directo. Así lo percibía. Así lo conocí. Años más tarde, siguiendo el camino, que inconscientemente se impregnó en mí, llegué a Chimbote y él ya había llegado a ser reportero estrella y conducía el noticiero central. Todas las mañanas, tardes y noches, nuevamente se convirtió en un buen compañero de este inexperto provinciano.

Cuando durante mis primeras vacaciones el Papa Juan Pablo II se elevaba hacia donde todos lo recordaremos por siempre, él informaba desde la Plaza San Pedro y anunciaba el nombramiento de su sucesor. Y entonces soñaba despierto. Era yo quien estaba en el Vaticano, que narraba para los rincones más alejados sobre lo que sucedía en el mundo, que era yo el corresponsal, el enviado especial, el reportero estrella, el que conocía a detalle cada uno de los sucesos de importancia mundial. Soñaba que mis padres, allá donde la radio se oye nítidamente solo hasta minutos antes de las siete de la mañana, me escuchaban y reconocían mi voz. Ahí está mi hijo, en la radio, pero quién sabe dónde y pasando qué.

El 'Tío Rossini' le llamó el ‘pollo tierno’, quizá por su voz afectiva que sabía pronunciar siempre, y hablaba con mucho cariño. El día que se iba a despedir, informaba sobre la coyuntura de manera normal, no lo imaginé fuera de los micrófonos, pero tras su anuncio y el efusivo agradecimiento que pronunció a los otros grandes paradigmas: don Miguel Humberto Aguirre, don Raúl Vargas y don Chema Salcedo; comprobé que el periodismo es un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad y el quería conocerlo todo. Don Raúl le devolvía el agradecimiento recordándole sus inicios y él lo confirmaba: “Empecé cubriendo las notas policiales, aquí me formé, ésta es mi casa y los voy a extrañar muchísimo, y espero no defraudar a todas las personas que estuvieron a mi lado durante estos dieciocho años, me voy con alegría…”. En ese largo ascenso, se hizo un periodista respetado por muchos. Llevaba el periodismo con seriedad y la vida con alegría. Mercedes Cabanillas, Juan Luis Cipriani, Yehude Simon ayudan a construir solo una muestra de la gran persona que fue. Dieciocho años en RPP le bastaron para darse un lugar importante. En su despedida, don Raúl Vargas no pudo esconder su resignación a perderlo. Se iba un hombre que le brindó ejemplo de trabajo, formación y profesionalismo.

El día que lo volví a conocer, el cabello lacio y medio rebelde, el carisma y la risa con ternura y jovialidad, no me sorprendieron, porque sentí al hermano ausente mucho más cerca. Lo conocí en vivo y en directo. Informaba sobre las madrugadoras escenas policiales, ya no a través de los micrófonos sino detrás de un televisor, pero siempre desde muy temprano, minutos antes de las seis de la mañana.

La rotativa regional de RPP ya no era el mismo. El día que se despidió, me despedí también. Se conectó a ATV y allí nos encontramos. Pero un día, sin saber porqué, se alejó sin decir adónde. Me olvidé. Dicen que el presentimiento es por algo, y hace unas semanas busqué ubicarlo, quería saber dónde estaba, no lo encontré.

Domingo. Ocho de la noche. Jéssica Tapia agradece los numerosos piropos de Trisano, Navarro y de La Pepa. Luego anuncia el dato: “Panorama estuvo en Ayacucho y encontró… -dice Jéssica-. “…pero antes, debemos informar que esta madrugada el periodista Álvaro Ugaz sufrió un accidente de tránsito y su estado es grave…”.

La presencia de mis hermanos, de apellido, de sangre, de padre y madre, tal vez hizo que el impacto se llenara de algunas sombras. Sol Carreño y Raúl Tola daban cuenta de lo mismo, con mayor preocupación que la competencia, visiblemente afectados. Pero parecía ser algo normal y sin sorpresas.

Lunes. Nueve de la noche. Un vaso de agua para calmar la ansiedad. El control remoto para encender la tele. Magaly Medina, sí, aquella a quien tanto critican, habla de algo y presenta un informe. En él, hablan sobre los accidentes de tránsito y la incapacidad de las autoridades. La costumbre de recibir todos los días de lo mismo aburre. El informe ya casi termina. Pero una palabra, una oración, el desenlace de la historia hace sobresaltar el corazón del hermano. “Ahora Álvaro Ugaz está rumbo al cielo… Descansa en paz”.

No entiendo cómo. El domingo en la noche nadie se escandalizó. Pero Álvaro ha muerto. El hermano ausente, a quien tal vez le debo mi profesión, se ha ido para siempre. Diez de la noche. No hay competencia. “Álvaro Ugaz ha muerto. Se fue un gran periodista y una excelente persona”, es el titular de todos.

Álvaro Ugaz ha muerto y es grande el dolor que ha causado en el periodismo nacional. A don Miguel Humberto, a don Emilio Laferranderie, a don Raúl Vargas, a don Chema Salcedo, a don Efraín Trilles, a don ítlao Villarreal, los conocí tan igual como a Álvaro y este lunes a las diez de la noche los vuelvo a conocer en el más sensible de sus momentos. Maestros todos.

Extraña coincidencia. Cuando lo conocí en RPP, lo escuché siempre. Se despidió y me despedí. Llegó a ATV y me prendí a él. Se fue, se perdió. Dejé la radio y el contacto con la TV fue esporádico. Un presentimiento me embarga e indago sin respuesta. Ha sufrido un accidente. Está en coma. Salió bien de la primera operación. Necesita una segunda. No. No lo resistió. Álvaro Ugaz ha muerto. El ‘pollo tierno’ del ‘Tío Rossini’ ha muerto. Le agradezco. Le extrañaré. Se ha ido, pero su ejemplo es el camino que me enseñó, -sin conocerme- a seguir. Gracias Álvaro. Te extrañaremos. Descansa en paz.

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