Intrigado aún por el final inadvertido que el destino depara a este infortunado y maltrecho hacedor de historias falsas que se acercan a la realidad por pura más que simple coincidencia. Compungido aún porque por momentos me da la impresión de que Dios me castiga. De que no tiene clemencia con este ser maltrecho, ser que solo aspira a mantenerse en andas por solo unos cuantos años más o menos. No entiendo, por ejemplo, por qué me envió, así de sopetón, cual escarmiento premeditado, un montón de dolencias inexplicables. Aunque tras la reflexión obligada después de cada fracaso, un par de asuntos justicieros se posan en mi mente y dan sanción y fe de mi existencia pecadora. No hay por qué quejarse.
Tal vez estos anuncios con finales infelices e insoportables son la manera de explicarme de los innumerables intentos fallidos dados en rienda suelta cuya única finalidad buscaba satisfacer la más extravagante de mis emociones. Ser feliz en la soledad, sin compartirlo con nadie. Porque –tal vez tiene que ver con otro de sus castigos– todas las citas pactadas fueron canceladas de la más cruel forma de castigo que puede dársele a un desesperado e ilusionado y descorazonado ser: aceptar la salida, escoger hora y lugar del encuentro, pactar cuidadosamente el sitio donde pasarla fenomenal; y al final, entre baño, perfume, talco y lentes –para hacer del tipo intelectual que todas se las sabe–, culminar como el más desconsolado mismo triste idiota de todos los tiempos. Solo y resignado a encerrarse en su cuarto, volver a ver la misma película de siempre, ésa donde el héroe salva de todas las maneras posibles a su amada, y derramar una lágrima cuando al final sobreviva de manera impresionante tras cumplir su enternecedora promesa: no darse por vencida pase lo que pase. E imaginarse ser el héroe y, quien la plantó, la amada por quien daría la vida entera.
Pero aceptar esa posibilidad sería admitir que llevo una vida extraviada, malgastada, contaminada, perturbada, desesperada. Es cierto que he cometido barbaridades, y que en los últimos años me he abandonado a los resentimientos y a las quejas continuas, con mucha exageración. Siento que merezco este ajuste de cuentas, pero que una pista clara me dé para escoger el camino correcto más próximo.
En medio de toda esta crisis emocional la semana pasada debí hacer un viaje por 72 horas hacia la capital. Minutos antes de abordar el bus sufrí una recaída, fui presa de un dolor de cabeza inenarrable y le pedí al cobrador que me permitiera sentarme en la fila de asientos que está delante de todo. Quería estirarme, estar más relajado, mirar al vacío, imaginar ser presa, en primera fila, de lo más inesperado que pueda suceder, en fin, descansar.
Uno de los pocos momentos en que pude reírme fugazmente fue cuando en uno de esos paraderos informales que los buses informales tienen a lo largo de su recorrido, un señor de tez oscura y con no pocas arrugas, despeinado y creo que con caspa, empezó a hacer gala de su innato talento. “Señores pasajeros, tengan el más feliz de los viajes y también el más feliz de los apoyos que hoy va a ejecutar… He venido a ofrecerles estos productos peruanos de origen arequipeño, unos ricos turrones que lo disfrutarán alegremente con su familia… Que Dios les bendiga a todos aquellos que me apoyaron y a los que no que los castigue, terriblemente… Si alguno de ustedes se arrepiente de no haber colaborado, aún me sobran unos cuántos turrones… A ver, quién se salva!!! Fui uno de los que no colaboró y la impresión por el castigo de Dios volvió a rondar mi mente. Aún así, no colaboré. ¿Será un enviado profético que vino a anunciarme lo que me pasaría? ¿Será este el castigo por tal omisión?
Cuando atravieso estas penurias, estas adversidades, me convenzo de que me hace falta una novia. Pero no una cualquiera. Me hace falta una novia que me acompañe, que me cuide, que me inyecte con su ánimo toda la energía que el día a día me está quitando. Una novia que me libere del estrés, que me haga reír, que me mantenga saludable, que me incite a correr por el malecón, a manejar, a montar bicicleta, a ir al gimnasio. Una novia que sea pretexto para dejar este estilo de vida sedentario y aplatanado. Una novia, como ella, a quien amaré toda mi vida.
Esta será otra Navidad sin novia. No es una queja, solo un apunte. No busco novia solo reconquistarla.
Será que la enfermedad me ha puesto más sensible, no lo sé. Lo único que me gustaría recibir en esta Navidad sería un fogonazo de juventud, un baño de florecimiento, un boleto al pasado de mi cuerpo, a esa época en que los excesos no eran tan dañinos, y reinaba la sensación de ser invulnerable.
Hace un par de noches, mientras dormía solitario en el cuarto alquilado de la quinta cuadra de la avenida tal, soñé con mi abuelo. El abuelito que me aconsejó poco y enseñó muchísimo. El que me relató cada uno de sus episodios de juventud más no de niñez –será que nunca se lo pregunté–. Sólo sé que creció solo. Sus padres murieron antes de que cumpliera siquiera los dos años.
Sucede que él partió hace ya casi cinco años. Tal vez menos, o quizás más. Pero en ese sueño donde soñé que soñaba que dormía, me llamó tan decididamente, que por un momento creí que me convencía. Es la segunda vez que lo hace. Le contesté que aún me faltaba realizar unas cuantas cosas antes de ir. Que luego pasaría por él. Ven ahora, me decía. Le rogaba que me dejara un rato más, que luego iré. Tal vez, convencido de que no iría, exigió a un par de aliados, a quienes por cierto no logré reconocer, que me alzaran en peso hacia él. Lograron levantarme tal vez cincuenta centímetros o más. Soñé que desde un cuadro de la pared Jesús me habló. No recuerdo lo que me dijo. Y volví a soñar que me desperté muy asustado. Y en verdad abrí los ojos con mucha desesperación.
Ojalá que Dios no me someta más a sus rigores y me levante este castigo, en nombre del niño bueno y cristiano que alguna vez fui. He decidido ir a mi casa esta Navidad, porque muchas las he pasado fuera. He decidido ir en busca de solucionar algunas situaciones que amenazan la inestabilidad familiar. He decidido programar algunas actividades que preparen el colchón para iniciar un nuevo año con proyecciones reales, ejecutables y nos llene de satisfacciones. Supongo que esta vez, a raíz de lo aprendido, lo haré bien. Sí o sí.
Mientras tanto, Feliz Navidad, para todos...
(Un súper abrazo para todos. Los adoro y este vídeo es para ellos. Un súper saludo a sus protagonistas. Si los identifican, pásenles la voz. Y un súper abrazo para ustedes también)

2 comentarios:
vaya usted, @provinciano, dance harto, no tome mucho nomás (¿difícil, no?)...
Hola amiguito, me parecio muy interesante tu publicación, solo decirte que lo que nos pasa en esta vida, aprendemos de cada una de ellas a madurar, ser mejores personas, a ser humildes y ps Dios nos ama mucho y de el viene todas las cosas buenas, sabes hay un texto biblico que dice Dios tiene para tu vida planes de bien y no de mal y eso te dice Dios en este dia amiguito, deseo que todo te salga mucho mejor amigo, una feliz navidad y un nuevo año lleno de muchas bendiciones para ti y toda tu familia. muchos saludos para los tuyos. bye
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