Como suelo hacerlo casi todos los años, a las 23.59 horas de cada 31 de diciembre, junto mis manos y ruego a Dios por el inicio de un nuevo año cargado de ilusiones, sueños, logros, triunfos y satisfacciones extremas. Imploro por contar con la mejor etapa de mi vida y que todos los recordados amigos y ‘causitas’ pendientes de mí, observen que el caminar del día a día no es en vano. Que la constancia en la maratón tiene sus frutos y que al llegar la alegría sería compartida con todos. La primera década del segundo milenio no fue la excepción. Se esperó siempre lo mejor. Sin embargo, la excesiva confianza puesta solo en el regocijo y la esperanza atónita y nerviosa, pusieron en aprietos mi mente y cortó el avance lento e indeciso que en determinado momento se propuso. Sólo escuchaba Queen of My Heart, viviendo por vez primera los estragos de la frustración desesperada en la que se encarnó el pequeño novato agobiado por los fracasos imparables. Entre algunas ya escritas por este testigo adulador, se contaron las caídas más estrepitosas que odio corearlas de nuevo, por temor. Por que recordar, es volver a vivir. Y vivirlo más no quiero.
Suelen algunos crédulos también, devorarse una docena de bolitas con apariencia inocente y dulce, con el afán de elegir un deseo por cada una. Genuinamente, había que seguir la práctica de ‘quienes confían’ en ello. Para la cuarta etapa anual, anhelé integrar el numeroso grupo de cachimbos fervientes de emoción, que tímidamente buscaban ocupar el lugar más acogedor de las frías aulas de la tribuna nacional donde uno se prepara para el futuro –como lo pintaron y lo pintan aún, los instructores del ‘cole’–. Ni siquiera se logró la inscripción al afanoso proceso de selección de los ‘ganadores’. Y, como era de esperarse, si las tres primeras esperanzas se frustraron prematuramente, porqué pensar que la siguiente sería distinta. Fue el preciso momento cuando los ánimos flaquearon y el desconcierto y pesimismo se apoderaron de la situación. Sólo empezamos a esperar lo que se venga. No llegó ni llegamos a nada.
Desconsoladamente empecé a deletrear Raise Me Up, sin siquiera saber lo que significaba. A partir de entonces, no quise saber el significado de nada. Y como todo esto es un entrevero, fue un entrevero también todo lo que en ese momento sentía, ejecutaba y deshacía. Peor aún, mientras los conocidos y por conocer imaginaban todo lo soñado, la pesadilla dentro de mí no paraba de atormentarme. Momentos llenos de asombro, amargura, desolación, tristeza. Nunca lo conversé con nadie, hasta que no soporté más y apareció un ángel, de aquellos que en los peores momentos, con sólo mirarte, esbozar una simple sonrisa, o pronunciar las más insignificantes palabras –sin sentido–, te invitan y motivan a seguir adelante. Te ayudan a comprender el motivo de los fracasos y te explican que los tropiezos son parte de la mala hierba y la cosecha inesperada. Pero cuando la etapa contigua sigue afectando a nuestro ser, la fe se desarma y mover las montañas es solo parte de un sueño imposible.
Cortar por lo ‘bueno’ y tirar a la borda todo lo sembrado, embarrarle de lodo, sacudir todo el polvo de la derrota encima, dejar de soñar, planear y buscar fines posteriores deja de ser una ocupación. Así lo hicimos, ambos, el provinciano amable, positivo y trabajador así como el resentido, desagradable y pesimista. Arrojamos al fuego las ilusiones y nos enrumbamos por dondequiera. Dejamos de corear que por algo suceden las cosas. Olvidamos recordar las hazañas y nos encajamos en el motor de la conquista frustrada. Arrancamos hacia el desierto inconcluso y la arena nos absorbió peor. Lo poco que aún latía, se desvaneció por completo. Corríamos hacia la octava etapa de la vida irregular y más de la mitad de oportunidades se perdieron. Quisimos regocijarnos en el olvido. Pero hay ángeles que no te dejan. Y uno de ellos apareció.
| Nuestras huellas son difíciles de borrar |
Con nuevos objetivos, echando fuera todo lo acontecido, se propuso interponer nuevas estrategias de progreso. Como todo inicio, la algarabía es encantadora, precipitada y desmesurada. Los planes fueron los mejores. Las gratificaciones sobresalientes se veían llegar ni bien empezadas las obras. Pero, como todo aspecto mal planeado, éste también se rompió. El I Like It, loco y desenfrenado irrumpió y destrozó la nueva ilusión. La vida loca se interpuso y el desarreglo fue humillante, adverso, siniestro, melancólico. Quedamos narcotizados con el terrible espasmo de los golpes desafortunados del cual siempre fuimos víctimas. El año está perdido y somos beneficiarios de toda la bazofia. Somos los afortunados del mejor premio a los perdedores.
Tras las elecciones, han surgido nuevas esperanzas. Tras el Nobel peruano han renacido ideas del pasado que pueden innovar en el futuro. Tras el rescate de los 33, se ha comprendido también, que de lo peor estamos salvados. Hay quienes nos aman y a ellos nos debemos. No pensemos solo en uno, que uno no es nada ni nadie. Actuemos por convicción y, más que eso, por decisión.
Con más calma y sin el cargamontón de los desalentadores pensamientos, hemos decidido emprender nuevas rutas, desconocidos rumbos, desafíos inesperados, esos que salen de momento; pero con una meta encaminada. El resto forma parte de eso a la que llamamos Plan B. Hacía falta conocer situaciones distintas a las ya vividas, para comprender de lo que somos capaces. Aún no defino nada pero creo y estoy casi seguro que voy por buen camino.
Hoy he vuelto a escribir y estoy triste. Casi siempre estoy triste. Ando por las caóticas y temerosas vías de la capital en busca del poder que cambie el final desolado de este, hasta hoy, frustrado año.
Ya no quiero ser un desafortunado y se trabaja para ello. Volvamos a la luz de la esperanza y a escribir el Proyecto de una nueva vida.
Hasta la próxima.
(Hay buenas razones para vivir y expresar la gratitud es sólo viviendo para ser felices y hacer felices a los nuestros)
(Escribir sobre la tristeza te inspira solo en sus momentos, estoy triste y escucho Wetslife)

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