13.9.10

VIDA DE PERIODISTA

Han pasado más de seis años desde que una forzada decisión logró mi estancia por estos lares. La promo 2003 se despedía del “San Pedro” y unos cuantos indecisos, vagábamos por la inesperada vía que nos deparó el destino, hasta dar en Chimbote, la cálida ciudad pesquera. Aún recuerdo cuando la secretaria me presentó el prospecto con las diez carreras que ofrecía la Universidad Nacional del Santa. Mi mente divagaba en el desierto, mientras mis ojos, impávidos y dolientes, hojeaban presurosos las hojas del inesperado catálogo. Sin entenderlo, y bajo la necesidad de mencionar una de ellas, opté por la última opción, la de descarte, la que casi nadie lo quiere, la que lo ven por debajo de todo, la que está relegada, la última.

Tras cinco años de muchas experiencias, entre conquistas y pérdidas, útiles y desaprovechadas, entre el sinsabor de haber decepcionado a los que creían en un destacado ingeniero; provisto hoy de algunas inseparables herramientas, cubriendo de vez en vez protestas furibundas, cruentas muertes e impetuosos actos delincuenciales, busco matizar lo aprendido. Muchas veces en aras de la ovación, encontrando al contrario, el abucheo general, la unánime condena moral, el abrumador, desmesurado y atronador desprecio de quienes creen ser mejores que nadie.

Aún recuerdo los viejos años donde forzosamente trataba de explicar a los míos la importancia, el regocijo y la satisfacción de haber optado por la profesión correcta. El escritor Gabriel García Márquez definía al periodismo como "el mejor oficio del mundo". De mi poca experiencia en este fascinante mundo –decía– puedo decir que para ser un periodista de, por lo menos, mediana calidad es necesaria la instrucción y el conocimiento de la mayor cantidad posible de ciencias, artes, acontecimientos de actualidad, historia, entre otras para un mejor desenvolvimiento en el ámbito profesional. Para esto se hace imprescindible la lectura incansable, la curiosidad insaciable y la astucia necesaria para conseguir la información útil para informar a la sociedad. Sin duda alguna, la vocación y el gusto por esta labor son esenciales para comprometerse y encontrarle “la razón de ser” a la profesión. Ser más astuto y arriesgar mucho, pero nunca retroceder y vibrar, apasionarse y sentir todo a flor de piel es fundamental para sentir como propio todo el trabajo y el esfuerzo sin dejar que este se vuelva cotidiano e intrascendente y que uno le pierda el gusto.

Asombrados, mis padres confiaban en que daría lo mejor siempre. Y como siempre, ese apoyo incondicional está presente.

Involucrado, entonces, en el campo de la experiencia, donde hoy más que nunca puedo comprender algunas cosas exactas; me tomo el gusto de repetir aquí lo que una tarde el periodista peruano más odiado de todos los tiempos nos advirtió en un congreso de estudiantes de periodismo. Aclaró, como suele hacerlo siempre, que no son fórmulas, ni mucho menos recetas; son simples observaciones y apuntes sueltos sobre su muy personal experiencia periodística. Contextualizada y adecuada al espacio pequeño en el que me desenvuelvo que, de a pocos, espero, se vaya acrecentando.

1. La famosa objetividad es el primer gran mito que nos inoculan en nuestras facultades. Lamento informarte que, por lo menos, en periodismo, no existe. Las ciencias exactas puede y deben ser objetivas, pero el periodismo no, porque es un arte. Y aunque siempre aspira y tiende hacia la verdad, esa verdad que se logres ofrecer al público será siempre una visión parcial, sesgada, singular. Una visión, en una palabra, subjetiva. Que es, pues, justamente, todo lo contrario. La opinión está en todas partes: en una iluminación, en un ángulo de toma, en un tipo de letra, en un corte de edición. Todo ello estará siempre condicionado por el personalísimo punto de vista del que cuenta la historia, sus creencias, sus valores, sus prejuicios, sus fobias, sus amores… hasta sus estados de ánimo. Los periodistas no somos dispositivos electrónicos –mala suerte– somos gente y por eso, aunque debamos intentarlo, nunca lograremos ser objetivos.

2. Los periodistas, sobre todo los que recién empezamos, tendemos a ver este oficio como un sacerdocio, como una consagración de la propia vida a los más nobles ideales de amor al prójimo. Lindo, ¿no? Si quieres asumir tu trabajo como eso, bacán, nadie tiene por qué convencerte de lo contrario. Pero eso sí, no te olvides de que el dueño del canal, la radio o el periódico para el que trabajas no lo fundó, necesariamente por caridad cristiana o por purito patriotismo. Los medios, por si lo ignoras, son, antes que nada, un negocio, así que lo más probable es que el propietario del tuyo esté esperando ganar harto billete con él. Es verdad que no debe ser esa su única finalidad, pero sí es una muy importante. Por eso, tú le serás útil en la medida en que tu talento genere mucha sintonía o ayude a vender varios miles de ejemplares. O sea, en la medida en que tu talento le genere, pues, jugosos dividendos. ¿Qué?, ¿estás pensando en cobrar los tuyos? Olvídalo, ¡tú estás por encima de esos asuntos tan pedestres! ¿No quedamos en que eras un apóstol?

3. El ambientito de los medios es la jungla. Un campo minado. Un río infestado de pirañas asesinas. Entre periodistas que compiten entre sí, todos desconfían de todos, todos se odian. No tengas duda de que el primero que pueda acuchillarte por la espalda lo hará sin titubear. Y el día que no tengan de qué hablar, será de ti de lo que hablen: te inventarán lo que sea y te convertirán en noticia. Y si te mueres en un accidente automovilístico, pondrán tu cadáver destrozado en la primera plana y titularán “¡Chicharrón de prensa!” a toda página y te pondrán un cintillo rojo que diga: “Edición Extraordinaria. ¡48 páginas a todo color!”. Nunca esperes grandezas ni generosidades de tus coleguitas. Espera intrigas, infamias y mezquindades y acertarás. Piensa siempre mal y acertarás. Sobre todo si trabajas en televisión. Ni siquiera la infecta política se le asemeja, no hay nada más sórdido y más feroz que la televisión. Puede que alguien sea tu amigo fuera de la cancha y bestial. Después de la chamba tómate con él todas las chelas que quieras. Pero a la hora de conseguir la noticia, ponle la pierna, jálalo de la camiseta, chúpale el ojo, métele cabe. Y si te gana la primicia, arránchasela con los dientes, si es necesario. Y después, vete corriendo lo más rápido que puedas y asegúrate de publicarla primero que él. Si tu hermano trabaja para la competencia, seguirá siendo tu hermano cuando regreses a casa, pero, a la hora de pelear por la noticia, es tu enemigo. Hazlo puré.

4. Aquí no hay códigos que valgan para todos. La ética es como la religión, cada quien tiene la suya, íntima, propia y privada. Y se supone que te la dicta el fiel Pepe Grillo, o sea, tu conciencia, en el supuesto optimista que la poseas. Y como esa no te habla por altoparlantes, sino, más bien, a través de los audífonos del i-pod, tú eres el único que podrá escucharla. Respóndele siempre cuando te pregunte, por ejemplo: “¿Estás completamente seguro de que esto es cierto?, ¿y si es cierto, es bueno?”. Contéstale, sobre todo a la pregunta: “¿A quién le hace bien que publiques esto?, ¿y a quién le hace daño?, ¿se lo merecerá realmente?”. Hazlo siempre. Y hazle caso. Si no a ser un hombre probo, justo, santo y bueno te ayudará –y eso es bastante– a diferenciarte nítidamente de los omnipresentes mercenarios.

5. Si sensacionalismo proviene del vocablo sensación, entonces, ¡viva el sensacionalismo! Tan o más importante que la información son las sensaciones que el periodista logra contagiarle a su público. Más que buscar que el lector se aprenda el dato, me interesa producirle alguna reacción: indignación, tristeza, risa, lástimas, piedad, melancolía… Si no consigues que tus palabras o tus imágenes produzcan alguna sensación, estás perdido. Pasarán la página sin leerte. Te harán zapping. Entonces no hay que tener miedo de publicar un titular o una imagen por violenta o espeluznante que parezca. ¿Recuerdas la foto aquella del dueño del local clandestino de pirotécnicos en Chiclayo, que era rescatado con el cuerpo lleno de quemaduras tras haber sido víctima de una explosión de su propia mercancía y que lo hizo volar en pedazos? Si el editor de El Popular que la publicó la hubiera considerado sensacionalista, (que lo era, sin duda), si hubiera pensado que no era ético publicarla, tal vez jamás hubiéramos podido percibir esa espantosa “sensación mortal” que marcó a más de ocho familias. Una solo foto puede hacer un hecho que no debemos olvidar jamás, se nos grabe con fuego.

6. Recuerdo que en muchas separatas universitarias solía leer que los medios y, especialmente, la televisión, debían cumplir con una misión educativa. Pamplinas. No conozco a nadie que diga: “bueno, ahora, voy a educarme un poco” y encienda la televisión. La gente ve la tele para entretenerse, no para educarse. Punto. Ya sé que me va a venir con que la influencia de la TV en los niños y etcétera. Bueno, ese es otro cantar. Si quieren dedicarse a hacer tele-educación inicial, manden su currículum al Mundo o hagan sus prácticas pre-profesionales en Plaza Sésamo, ¿estamos? Pero si hablamos de periodismo, la respuesta es un rotundo ¡no! El periodismo no tiene por qué educar a nadie, ese no es asunto suyo. ¿Acaso nosotros le pedimos a los maestros que salgan a cubrir las noticias? No, ¿no es cierto? Entonces, que cada quien haga su chamba y todos contentos. Bastante tenemos con informar. Ahora que si, por allí, alguien aprendió algo nuevo, de cazuela, viendo un noticiero o leyendo un diario, enhorabuena. Felicidades. Pero esa no es nuestra chamba. No se equivoquen.

7. La letra de “Caballo Viejo” dice algo así como “quererte no tiene horario, ni fecha en el calendario”. Bueno, esa es una canción de amor que bien podríamos dedicarle a nuestro oficio. Los reporteros –no los jefes, claro, aunque hay excepciones, hablo de nosotros, los reporteros– somos como los bomberos, como los médicos de guardia, como los soldados, o más bien, como los guachimanes. No tenemos hora de entrada ni de salida. No tenemos feriados. No tenemos cumpleaños. No tenemos ni tres comidas diarias ni tampoco ocho horas de sueño como la gente normal. Se almuerza galleta de soda con gaseosa si tienes suerte y acabaste de escribir o de grabar. Se duerme (en tu cama y en tu casa), siempre y cuando hayas terminado de editar. Si no, olvídate, ni se come, ni se duerme. Porque los periódicos, los noticieros tienen que salir todos los días. No puedes llevarte el trabajo a tu casa ni dejarlo para mañana por la mañana. En periodismo todo es para ayer. Y todo el tiempo del mundo nunca alcanza. Así que anda mentalizándote: esta es una chamba cama adentro y por eso, lo más probable es que tu familia apenas si te vea la cara, un par de veces por semana, si tienen suerte. Cuando llegues a comer a la casa, pondrán mantel largo porque siempre serás visita. Y, probablemente, una visita que siempre andará fregando la paciencia para que le pongan el noticiero de la hora. Si vas a casarte, cásate con periodista, porque tu aniversario de bodas te agarrará en medio de un inesperado motín en el Penal de Cambio Puente; el nacimiento de tu primer hijo, en plena cobertura del discurso presidencial en la Cumbre del Huascarán y, toca madera, la muerte de un ser muy querido puede ocurrir mientras tú estés reporteando los enfrentamientos entre las huestes de construcción civil. Así que ya sabes dónde estás metiéndote. Después no te quejes. Se te dijo.

8. No existe un manual de instrucciones para aprender a usar la libertad de prensa. Es más, en honor a la verdad, debería ser todavía más estricto: no existe libertad de prensa. No existe, pero uno se la inventa en el día a día. Los estudiantes suelen imaginar que todo lo que uno dice o deja de decir se negocia directamente con El Poder (o sea, con Álvarez, Valentín o el que toque). Y vaya que nos ha tocado ver demasiados ejemplos patéticos de esto. Sin embargo, lo cierto es que el momento decisivo para el periodista es cuando se sienta frente al propietario del medio a decirle “hoy vamos a hacer tal denuncia, hoy vamos a tocar este tema”. Y tu misión es otorgarle la seguridad de que tu entrevista o reportaje, en modo alguno, atentará contra ninguno de sus intereses. Dependiendo del nivel de confianza que exista, estas conversaciones son, más bien, infrecuentes, esporádicas. Lo ideal es que lo sean. Si tienes al dueño de tu diario o tu canal supervisando cada paso que das, estás mancado y lo más probable es que tú tengas la culpa. Cada tema periodístico deberá ser defendido a capa y espada por ti, a fin de que el propietario del medio esté de acuerdo contigo en lo vital que es publicarlo. Y publicarlo ahora. Es una batalla interminable y extenuante, pero, eso sí, cada vez que la pierdas (vas a perderla muchísimas veces), no lloriquees, no alegues censura, no te encadenes a las rejas del Congreso. Sabías dónde te metías cuando aceptaste trabajar en ese medio, no me vengas. Cuando un tema es vetado, el 90% de las veces es porque el periodista no supo sustentarlo y defenderlo con eficacia. Hay que estirar la pita lo más que se pueda. Pero, pobre del salvaje que la rompa-

9. Huye de las militancias como de la peste. Un periodista no es un líder político, ni un agorero, ni un predicador. Un periodista es un periodista. Si quieres luchar por la igualdad de género, inscríbete en Pacha Mama. Si quieres reivindicar los derechos de los pobres o los ‘cholos’, ve a engrosar las filas del MHOL. Pero, aguanta tu carro, para ninguna de esas cosas se necesita ser periodista. No te equivoques. Nadie dice que no puedas hablar de todos esos temas, una y mil veces. Pero no hagas de eso la razón de tu carrera. Y, por favor, jamás pontifiques. Jamás extraigas sabias moralejas de los reportajes. Jamás te computes voz autorizada para proponer soluciones a los grandes problemas de la región. Jamás des pastillas para levantar la moral. Y, sobre todo… ¡jamás sermonees! Si hay algo que la gente detesta es que un fulano venga a tratar de decirle lo que tiene que hacer con su vida. Y, por último, no conviertas tu carrera en un apostolado en nombre de nada. No existe tema en el mundo o fuera de él que lo amerite. Ni Dios, ni la patria. Ni la justicia social, ni la democracia. Porque el día que lo hagas dejarás de ser periodista y te convertirás en agitador, cura, preceptor, revolucionario o profeta. Nunca pierdas de vista lo que tú realmente quieres. Y lo que tú realmente quieres es ser periodista.

10. Qué estabilidad laboral ni qué niño muerto. Salvo raras excepciones, los periodistas no figuramos en planilla, no tenemos CTS, ni AFP, ni Seguro Social ni un cuerno. Las empresas prefieren no contratarnos sino hacernos firmar unos seudo contratillos llamados “locación de servicios” que, para que tengas una idea, son los mismos que firman los encargados del mantenimiento del local. Para cobrar tienes que entregar tu recibo con anticipación, más o menos como si tú les vendieras, al menudeo, tus reportajes, lo cual te pone al nivel, digamos, de un proveedor de artículos de limpieza, para continuar con la metáfora. De acuerdo con lo estipulado en el papel que habrás de firmar, la empresa te puede encajar una patada en el poto cuando así lo crea conveniente y no pasa nada, pero si tú decides irte de allí, probablemente tengas que pagar una penalidad que, generalmente, equivale al décuplo de tu sueldo de todo el año. Además, por si no lo sabes, en Ancash, y en especial en Chimbote, todos los días y con una velocidad escalofriante, los programas cierran, se “reestructuran”, se “relanzan” o simplemente, cambian de director y, la tristeza, tienes que irte. O los periódicos quiebran y desaparecen de un día para el otro y tienes que ir a recursearte como relacionista público de algún municipio de la sierra de Ancash. Y así sucesivamente. Por eso, anda haciéndote la idea de que, si insistes en tus propósitos demenciales, tu carrera periodística no será necesariamente una travesía hacia delante. Será un eterno volver a empezar.

Beto, es tal vez el mejor camino para aprender a hacerse odiar como periodista. Sus escritos suelen estar, sin duda, entre las que generan más reacciones en los lectores.

Seguro estoy que este texto, transformará muchos ideales en críticas refunfuñantes, desafiantes y dolorosas. Criticarán los agradecidos y entusiastas, hasta quienes dirán haberse abstenido de leer tamaña porquería.

Nomás tomo las palabras de otro gran amigo y maestro –A.A. Rodrich– para decir que tengo la impresión de que la mayoría de quienes leen este post están abiertamente convencidos de todo lo contrario de lo que se dice. Y, sin embargo, hay que ver cómo lo leen.

(Aún recuerdo la investigación sobre los riesgos y dificultades a la cual la prensa local está supeditada. El resultado, como en todo el mundo, es más que obvio. Aquí una pequeña muestra)

2 comentarios:

Daniel dijo...

NO Todo en este oficio es negativo tio, hay cosas buenas que no incluiste...un buen periodista puede cambiar la historia de un pueblo, de un país, del mundo entero y ese poder es único.Puede vencer al personaje más poderoso, a punta de sus conocimientos. Un buen periodista puede ganar más o mejor que cualquier profesional de la mejor universidad de Mundo.Un periodista no tiene que contarle al dueño del medio que noticias saldrán al dia siguiente, tiene que contarselas a su director.El estado de ánimo de un periodista, puede mejorar la interpretación de la nota, puede variarla, si, pero nunca desmejorarla.En todo caso no debe salir a trabajar, si el problema es grave. Lo bueno de ser periodista, es que para ser un buen profesional sólo tienes que cumplir con una simple regla "vive".... vive intensamente.Si no conoces la calle, no conoces tu centro de labores. Te entiendo porque los incios en esta carrera son así, todos pasamos por esto, estas sensaciones,son parte del comienzo.Conforme pasen los años te darás cuenta de que no cometiste un error cuando elegiste ser periodista...tendrás mucho que contarle a tus hijos y tus nietos.tendrán muchas cosas buenas que decir de tiAprende cada dia y desde donde estés(el medio) siempre imprime tu "concepto" tu "esencia", sé diferente a los demás y nunca seas un "traidor" por más que otros te traicionen....Un abraso tiaso

Javier dijo...

Hola Sneider, la palabra puede conmover, convencer, y en mucho de los casos herir levemente pero profundo. Unos escriben lo que saben y otros saben lo que escriben... en este caso, escribamos nuevos paradigmas que motive a los jovenes a realizar sus sueños.
"Sólo la cultura salvara al hombre!