Decepcionado, ciego y confundido. Amargado, tosco y berrinchudo. Enfermo, testarudo y malhumorado sin motivo. Desesperado por la nostalgia de no saber lo que me espera mañana. Sí, seguro. Para qué ver el futuro si aún no se vive con plenitud el presente. Sí, escuché bien. Por qué aferrarse a lo que nos depara el destino, si somos nosotros sus mismos forjadores. Ya, no lo repitas más. Soy yo el enajenado, testarudo, incomprensible y aburrido. Soy yo quien se niega a tomar el remedio. Soy yo el barbudo y granoso individuo que solo piensa en verse bien todos los días con la casi obligada misión de conquistar una diminuta por día. Y seguiré intentando. Desde el inicio de esta aventura Casanova, los resultados siempre fueron los mismos. Ni una presa. Ni un aliento. Ni una satisfacción. Ni un logro.
El día que le declaré mi amor, ella estaba hermosa, bellísima, encantadora. Como siempre, su imagen ostentosa irradiaba inmensa ternura. No diré cómo vestía, sólo que cualquier combinación siempre le caerá bien. El sudor que expiraba mi tan descuidado cuerpo se tornó incontenible. Buscaba con ansias un lugar fresco. Ya el lugar lo era. No entendía el poder de la obsesión ardiente que me embargó. Lo cierto, nunca dejé de sudar. Mientras ella, apasionada, realizada, segura, sólo disparaba su mirada sobre mis ojos, de rato en rato, despejándola de la terrible sensación que debió sentir. Pues, de cuando en cuando prefería mirar al cielo, al suelo o a sus laterales tan extremos como estrechos.
Comprenderán muchos que las palabras, cuidadosamente preparadas con anticipación, huyeron velozmente, cual amenazadas con fiereza estuvieran. Y la seriedad del asunto, como debió serlo, se vio empañada con permanencia por aquellos vestidos de verde que nunca faltan alrededor. Desearía haber estado seguro, tranquilo y sereno como en estos momentos, para soltar aquellas verdades colmadas de ilusión, piadosamente. Arrepentido no estoy, tampoco frustrado. Solo contento por lograr ser escuchado.
Aún llevo en el recuerdo las melancólicas imágenes que me dejaron esos instantes. No hay retrato que lo plasme como se merece. Pero, ¿qué digo? ¿Qué se merece? Tal vez mucho, tal vez poco. Tal vez son las esperanzas desesperanzadas que este menesteroso hombre lleva consigo eternamente. Tal vez la causa de la desazón infinita que logró albergar desde ese momento esté condenada a vivir eternamente en él. No hay distancia ni tiempo ni edad que los separe, dicen. Ni tamaño, ni color, ni raza, ni idioma, ni nivel social. Pero sí, otros motivos. Innumerables, majestuosos, invencibles.
Cómo regresar el tiempo y no cometer los mismos errores, es el pesar genuino que se engloba a diestra y siniestra en nuestro mundo. Cómo cambiar los pasajes de la vida y ser felices al fin. No hay forma. Ahora, si pudiera cambiar parte de los más de veinte años que llevo resistidos, no cambiaría nada. No me atrevería, pues ellas tienen mejor futuro. Continúan radiantes, mejor que antes. Con un brillo enloquecedor en sus frentes y con una esperanza, ésta sí esperanzada, que tiene un objetivo. Encontrarse con sus sueños.
Apesadumbrado, reflexivo y un poco desilusionado, regreso a la realidad. Miro hacia el cielo y pienso. Soy yo quien necesita reencontrarse con sus sueños. Dejar de vagar por las calles, exteriorizar mis pensamientos. Sonreír a las personas. Llamar a las cosas por sus nombres y, lo más importante, echarme a caminar.
No recuerdo con exactitud el nombre del día en que resolví consumar aquella inolvidable declaración de amor. En realidad, no lo planeé jamás. Fue inaudito, súbito. Situación incontrolable. Y al fin, recibí una respuesta.
Gracias por los comentarios.
El día que le declaré mi amor, ella estaba hermosa, bellísima, encantadora. Como siempre, su imagen ostentosa irradiaba inmensa ternura. No diré cómo vestía, sólo que cualquier combinación siempre le caerá bien. El sudor que expiraba mi tan descuidado cuerpo se tornó incontenible. Buscaba con ansias un lugar fresco. Ya el lugar lo era. No entendía el poder de la obsesión ardiente que me embargó. Lo cierto, nunca dejé de sudar. Mientras ella, apasionada, realizada, segura, sólo disparaba su mirada sobre mis ojos, de rato en rato, despejándola de la terrible sensación que debió sentir. Pues, de cuando en cuando prefería mirar al cielo, al suelo o a sus laterales tan extremos como estrechos.
Comprenderán muchos que las palabras, cuidadosamente preparadas con anticipación, huyeron velozmente, cual amenazadas con fiereza estuvieran. Y la seriedad del asunto, como debió serlo, se vio empañada con permanencia por aquellos vestidos de verde que nunca faltan alrededor. Desearía haber estado seguro, tranquilo y sereno como en estos momentos, para soltar aquellas verdades colmadas de ilusión, piadosamente. Arrepentido no estoy, tampoco frustrado. Solo contento por lograr ser escuchado.
Aún llevo en el recuerdo las melancólicas imágenes que me dejaron esos instantes. No hay retrato que lo plasme como se merece. Pero, ¿qué digo? ¿Qué se merece? Tal vez mucho, tal vez poco. Tal vez son las esperanzas desesperanzadas que este menesteroso hombre lleva consigo eternamente. Tal vez la causa de la desazón infinita que logró albergar desde ese momento esté condenada a vivir eternamente en él. No hay distancia ni tiempo ni edad que los separe, dicen. Ni tamaño, ni color, ni raza, ni idioma, ni nivel social. Pero sí, otros motivos. Innumerables, majestuosos, invencibles.
Cómo regresar el tiempo y no cometer los mismos errores, es el pesar genuino que se engloba a diestra y siniestra en nuestro mundo. Cómo cambiar los pasajes de la vida y ser felices al fin. No hay forma. Ahora, si pudiera cambiar parte de los más de veinte años que llevo resistidos, no cambiaría nada. No me atrevería, pues ellas tienen mejor futuro. Continúan radiantes, mejor que antes. Con un brillo enloquecedor en sus frentes y con una esperanza, ésta sí esperanzada, que tiene un objetivo. Encontrarse con sus sueños.
Apesadumbrado, reflexivo y un poco desilusionado, regreso a la realidad. Miro hacia el cielo y pienso. Soy yo quien necesita reencontrarse con sus sueños. Dejar de vagar por las calles, exteriorizar mis pensamientos. Sonreír a las personas. Llamar a las cosas por sus nombres y, lo más importante, echarme a caminar.
No recuerdo con exactitud el nombre del día en que resolví consumar aquella inolvidable declaración de amor. En realidad, no lo planeé jamás. Fue inaudito, súbito. Situación incontrolable. Y al fin, recibí una respuesta.
Gracias por los comentarios.
(Triste y apesadumbrado por los viejos recuerdos, escuchaba “Ayúdame Freud”, tal vez una no tan recomendable identificación)

5 comentarios:
ESCRIBES BONITO, SOLO ELEVA TU AUTOESTIMA
ESCRIBES BONITO, SOLO ELEVA TU AUTOESTIMA
un abrazo mano y sigue adelante, blogueando con el provinciano insolente...
mi estimadoJhon..debo decirte que hace mucho que no leia tus publicaciones, y no es que fuera por falta de interes..sino que a veces el tiempo me consume... pero, como son las cosas, hoy entre para enviar un trabajo pero, mienras esperaba decidi leer un poco. asi que que mejor que al provinciano insoportable :). valla pseudonimo¡¡... en fin. y valla que me impresiono... casi no recordaba como escribes... pero sabes ademas de la tramaq ue le pones . ahy algo que me da vueltas en la cabeza... y esla nostalgia conla cual escruibes. no se si estare equivocadapero percibo tristeza...
me pregunto aq ue se debera?... vamos si sabes que la vida no es tan dificil eso es lo que yo me repito siempre cada vez que siento que el mundo quiere aplastarme... solo basta un dulce recuerdo... vamos¡¡provinciano insoportable¡¡¡ que es eso de tristezas¡¡¡ acaso es tu mejor musa?... pero si la alegria tambien puede serlo... acaso no lo has intentado.. seguro que si...
bueno pues realmente solo desearte lo mejor y muchos exitospero sobre todo bendiciones... infinitas..
hasta siempre
Un baño de optimiso (y chelas) es loq ue te hace falta, "guallabamba".
Vas bien, y puede ir mejor.
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