30.12.09

Y LO ENCONTRÉ EN UN DÍA

Hace unos días me di el lujo de salir de la ‘ciudad porteña’, incluso abandonando algunos trabajos que a la larga perjudicaban no sólo mi reputación, que ahora es lo menos importante, sino la permanencia laboral de varios docentes que confiaron en mí el llenado de los documentos finales, esos que a cada fin de año, les exigen presentar de manera impecable. Fue con la finalidad de tomar un relajo, una meditación, una reflexión sobre mi futuro más inmediato. Con el único propósito de despejar la mente de esos pensamientos inocuos y desarmados. Y qué mejor lugar que aquel terruño en el cual crecí sano y bien hecho. Gracias a mis abuelitos, padres, hermanos, tíos y amigos. Excusa. Celebrar las fiestas navideñas como nos gusta. Aunque el propósito no se logró en su totalidad, por lo menos entendí que hay que darle vuelta al desánimo. Romper las intransigencias, desechar las posibilidades remotas y no aferrarse al mandato irracional del corazón. Eso es lo que debí aprender con prontitud. Pero qué abnegado y difícil resulta la practicidad oportuna del asunto, cuando no estamos bien de salud.

Entre esos andares apenados y muy, pero muy emotivos, encontré algo que andaba buscando desde hace mucho tiempo. Desde que un día, en la puerta del colegio, alguien muy especial lo pronunciaba letra por letra, y yo, sentado en la vereda, emocionado, lo transportaba hacia el cuaderno. Existió una tierna entonación momentánea. La que perduró por años dentro de mí. Hasta que hace unos días, mientras descansaba en el asiento número veintiuno del bus que me trasladó a mi bello terruño, logré escuchar parte de esas letras impregnadas dentro de mí para siempre. Era un pasajero desconocido quien lo encendía en su Sony Ericsson. No dudé en solicitarlo de inmediato. No importaron las miradas sorprendidas y burlescas de las demás personas allí cobijadas. Solo la obtención de ese bello mensaje grabado en lo más profundo de mis sentimientos.

En mis manos, una emoción inexplicable me embargó, se me fueron las palabras, se me acabó el aliento, me endilgó la nostalgia. Llené los espacios de suspiros inmensos. Lo escuché por horas, con audífonos y en altavoz. Cansados tal vez, la masa detenía su mirada en mí. Llegué a comportarme quizás como el chico más cursi de la época. Incomprendido y solitario, sin vergüenzas ni complejos. Como siempre digo. Solo con mi soledad.

Un pasado inolvidable, un cariño especial, una sensación que endilga las incomprensiones de la desesperanza y el desánimo. Un paseo por las huellas del ayer. Para qué describir lo que hicimos en aquel lugar, ahora poco visitado debido a gracias humanas. Si basta con resumir que la lluvia y la luna son los únicos testigos fieles y confiables que guardan nuestros dulces encuentros.

Este es el segundo capítulo de una novela que aún no tiene pies ni cabeza, como dirían nuestros profesores de redacción. Que no comprendo por dónde comienza ni cuál será la siguiente publicación. No entiendo qué es lo que escribo ni lo que pienso al hacerlo. Sólo sé que deseo compartirlo con alguien. No se cansen de leerlo. Sólo comenten.

Mi compañero. Mi amigo. El dueño de esta historia, se emociona con cada comentario.

(Éstas son las letras de aquella triste, solitaria y nostálgica búsqueda. No lo duden, para los románticos y débiles enamorados, será un encanto)


4 comentarios:

James dijo...

MUY BIEN SEÑOR ENAMORADO. SEGURO QUE LA PLUMA DE... HARÁ MAGIA EN ...

Sgtopepecogito dijo...

veo q tu prosa es rápida y pulida. amigo. q bueno q sigas por esa ruta. saludos.

ADVOCATUS dijo...

mmm la musa que te inspira debe de ser mu linda..perfecto el trabajo..suerte

Augusto Rubio dijo...

habla john, qué es de tu vida, brother. cuenta...