Ya de regreso a casa. O mejor, a estas herméticas vías que desatan tormentas en mi mente. ¿Necesito decir que fui perverso? No. Tampoco mal amigo. Amigo íntimo, menos. Fui testigo de mi más sensata bendición de amor, encendida en mis adentros –como diría alguien por ahí–. Decidí indagar sobre la existencia en este turbulento mar de aspiraciones, sueños y anhelos invisibles. Decidí aprender a pensar en el amor y en la satisfacción que su riego nos da. Pero, decidí mal. Y la pesadumbre del mal vivir, lógicamente, revienta mis ánimos; desentraña mis pesadillas, subyuga mis energías y conquista la ingratitud. Soy, hoy por hoy, un desagradecido, ingrato y terriblemente alejado de la realidad. Soy, un bandido. Un provinciano insoportable.
El día que aceptó salir conmigo, yo estaba idiotizado, terriblemente trastornado. Me quedé en vilo, solo pensando en cómo parar el tiempo en esos instantes y no dejarlo correr para ningún lado; porque comprendí al fin, en mi tierna y novata experiencia, que la felicidad entera también existe, cuando se piensa de ese modo. Agitado y emocionado, no quise trasladarme del sitio, sino cegarme en ese instante único y genial. Lo que sucedió, fue un bellísimo placer que solo se siente en el corazón y sólo uno comprende la satisfacción de su alegría.
Pero la tenía que dejar. Conté en un inicio, seguramente, que sus padres no me querían a mí. Por lo mismo, no deberían enterarse jamás. A la mañana siguiente pensaba solo en verla y conversar, pasear y compartir los momentos siempre imaginados, desde que la comencé a adorar como mujer. Fue bastante distinto, pero fue feliz. Debería volver a esos tiempos, porque yo sí soy un arrepentido del pasado. La vi a lo lejos, la saludé y me alegré muchísimo, al igual que ella. Una dulce sonrisa, una señal de amor, y un mensaje eterno que descifraba nuestros más nobles sentimientos. Fue mi primer amor.
No había día en que la dejara de ver. Tan sólo un segundo bastaba para tranquilizarme. Cerca, lejos, esté donde esté, solo una sonrisa suya bastaba para curar mi impaciencia. Hasta que tuvo que llegar. Desesperadamente enamorado, loco por su amor, no soporté verla caminar por el lado opuesto. La asediaba, la atormentaba, buscaba pasar todo el tiempo a su lado. Comprendo ahora la ofuscación que, seguramente, sentía su alma. Colmado de remordimientos, nomás me queda decir que la embarré, como no se debe hacer jamás. Porque dejar ir a quien te ama, es la peor barrabasada que puede suceder en este mundo. Lo sentirás por toda la vida.
Aún ahora, aunque no la veo con frecuencia, siento disimular. Los encuentros son fortuitos, pero tan tormentosos. Mi corazón late con mucha rapidez, mi mente se nubla, mis pasos se tropiezan continuamente y mis ojos desean con ansias mirarla de frente y confesarla que aún la ama y la desea y la tiene presente en cada momento. Pero debo resignarme, con los ojos bajos, a vivir de este modo. En silencio y con un semblante cada día más equilibrado y variable.
De continuar con esta larga historia sin compromisos, orden ni sentencia, aplicada a la amarga vida que me toca. De continuar con este arraigo pastoral, comprometido con la desigual historia cada día más enredada y compleja. De ser yo el apocado. De no saber qué hacer hoy, mañana ni nunca. Sólo atinaré a seguir escribiendo textos, que creo, son mis únicos aliados fervientes. Quienes no me advierten, pero sí me dejan hablar simplezas que nunca dejan de llegar a mi imaginación.
(Háblame, que te estaré escuchando, aunque no te pueda ver)
(Antes de ver el sol se fue, y antes de ver el sol deseo que regrese)

3 comentarios:
qué insoportable! (mentira, amigo), jajaja...
Antes de nada, muchísimas gracias por tus comentarios.
Dicho esto períteme decir que, leídos este post y el anterior, aún me sorprende encontrar almas que den rienda suelta a la expresión pública de sí mismas, que no temen vivir y compartir sus pasiones y pensamientos más profundos.
Generalmente, la gente esconde su corazón bajo mil corazas insensibles hasta el mismo momento de su muerte, cuando exhalan un último suspirito y dicen: "¡¡Ay, he visto la vida pasar pero apenas he sido partícipe de ella!!".
Si en verdad no es lírica irreal la que escribes en este post, lamento que en estos momentos te toque experimentar el lado amargo, pero al menos eres de los afortunados que "sienten" la vida en lugar de verla pasar...
Un saludo!
À
Darse cuenta de que la felicidad entera también existe no es moco de pavo.
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